Un día

Captura

 

Era el año 67 o 68. Teníamos 13 años y no nos interesaban las mujeres para nada. Lo nuestro era leer. Pero los muchachos del salón, que ya habían sido iniciados en la vida sexual, no paraban de hablar de putas y nos mantenían azotados. “Hey, virgo, usted es virgo, ¿cierto? Este pelao todavía tiene cachucha, no ha botado el forro”. Que montadera tan brava. Nadie se imagina lo difícil que es para un hombre sobrevivir a la adolescencia. Eso son una cantidad de presiones provenientes de diferentes lugares.

Alfredo y yo nos decidimos, no porque quisiéramos, sino porque sentíamos que no teníamos otra opción. Así que un día, sin ninguna emoción y más bien muertos del susto y la vergüenza, fuimos donde las putas. Caminamos un rato por las calles de esa ciudad que todavía era pueblo y cuando llegamos a la puerta con bombillo rojo que nos habían indicado, tocamos. Nos abrió una mujer vieja y gorda que pegó un alarido apenas nos vio: “Sonia, mirá quiénes están aquí, los hijos de Jaime y Orlando, qué belleza”.

La señora nos hizo pasar y nosotros, casi que temblando del miedo, no pronunciamos palabra. Nos encomendó a cada uno con una prostituta distinta y les pidió que nos trataran bien. Esa primera experiencia sexual fue traumática. Ni siquiera recuerdo cómo era esa mujer. Yo estaba en shock y ella me movía, me estiraba, me daba vueltas, me escurría, yo parecía un trapo en una lavadora.

Alfredo y yo salimos de ahí en silencio, deprimidos y achantados, tuvieron que pasar cuatro años para que nos atreviéramos a hablar de lo que vivimos ese día. ¿Eso era el sexo? ¿De ese acto triste y vergonzoso se ufanaban los pelados del colegio? No, nosotros no, nunca más pasaríamos por allá. Leer Más

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Lo que sobrevive

Andrew Bannecker

 

Los vecinos dicen:
“calma, ya pasó”.
Mamá dice: “agradece,
pudo llegar a más”.

Decido quedarme esa primera noche.
Respirar el olor de lo que dejó el fuego,
permitir que me duelan aquellas manchas oscuras.

Dos repisas de madera.
La obsidiana, la florita verde y los cuarzos.
Tres juegos de cartas.
Algunos instrumentos pequeños.
El altarcito.
Un retrato y una carta a papá.
Todo un universo ritual.

¿La vela que alumbraba mi anhelo
transmutó en esto?

Abro y cierro los ojos.
Es una culpa que huele y sabe a humo.

Me arrodillo,
entre la ceniza un azul brillante.
Balance, dice ese pequeño trozo de papel que aún palpita.

Después del fuego algo queda.
Lo que sobrevive.

Esa fuerza capaz de volver a crearlo todo.

 
Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Andrew Bannecker.

Fanny

lieke va

 

Se llama Fanny. Lo sé porque la segunda vez que nos encontramos en la calle me atreví a saludarla y preguntarle su nombre. No mimé ni jugueteé con el perrito que paseaba: un pomerania tranquilo. Quería saludarla a ella, mirarla a los ojos a ella.

La primera vez que la vi, hace un par de semanas, casi nos chocamos en una acera estrecha cerca de mi casa. Verla uniformada con un vestido corto color salmón y un delantal blanco en encaje me conmocionó tanto que, avergonzada, agaché la mirada. Eso no pasa aquí, especulé. Eso sí pasa aquí, rectifiqué.

Durante el par de cuadras que me faltaban para llegar a casa me fui pensando en ella. En ella y en Aidé, Edilse, Dolly, Luceli y todas las empleadas domesticas que a lo largo de los años conocí en la casa de mi abuela. Mujeres que muchas veces llegaban en su adolescencia desplazadas por la violencia de pueblos como Cocorná, San Rafael, San Luis y San Carlos. Mujeres que se quedaban ahí hasta que, en la misa de tres de la tarde de cualquier domingo, un buen o no tan buen hombre les sonriera e hiciera promesas de una mejor vida.

“Doña Fabiola, me voy a casar, dios le pague por todo”, le decían ellas en forma de despedida. Y mi abuela, por pura incoherencia emocional o tal vez por el legado aún vigente de esos antepasados suyos que tuvieron y tuvieron hijos para asegurarse mano de obra barata, les replicaba: “Mijita, pero cómo me va a dejar si yo a usted la quiero como a una hija”. Las quería y las trataba bien, sí, pero solo eso.

Mis tíos renegaban, se encargaban de investigar sobre los antecedentes de los pretendientes y trataban de persuadirlas. “Es putero, Aidé, hágame caso. Es toma trago, tiene fama de golpeador, no se vaya con él, abra los ojos. Mire que la va a poner a hacer lo mismo que aquí, pero sin pagarle. No se haga eso a usted misma”.

Todas se fueron y mamá y yo, en secreto, celebramos esas partidas, no porque en casa de la abuela tuvieran una mala vida ni porque creyéramos que esos amores de misa de domingo serían su salvación, sino porque sabíamos que ellas soñaban con algo mucho mejor y nosotras de verdad orábamos y orábamos, pues era lo único que sabíamos hacer en ese tiempo, para que así fuera, para que se les abrieran nuevos caminos.

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VER

Akira Kuzaka 2

 

Había quedado de encontrarme en la estación Hamburgo del Metrobús con Ricardo. Desde ahí caminaríamos hasta un café en el que nos esperaba otro amigo. Pero como no estaba segura de poder lograrlo, preferí pedirle la dirección del lugar. “Llego en taxi”, dije. “Cómo crees, te veo en el metrobús, está bien cerca de la casa en la que te hospedas”, insistió.

No quise recordarle que mis lentes, en sus orillas, alcanzan casi dos centímetros de densidad. Tampoco que en las noches, ese contraste entre oscuridad y luces de los muchos carros, me deja ciega. Que hay calles que son mías, me las sé de memoria. Pero que hay otras que no lo son, calles como las calles de esta ciudad, que tampoco es mi ciudad.

Ricardo es amigo fiel. Si le insinuaba algo relacionado con mi visión, exaltado se habría lanzado a encarnar a su yo sobreprotector. “No te muevas, ya estoy en camino”, lo imaginé diciendo. Por eso no le di más palabras a esa conversación.

He vivido en varias ciudades. También aquí viví. Hace siete años este era mi territorio, pero ahora no lo es. Ciudades de aceras destrozadas, de grietas visibles, de alumbrado público escaso o inexistente y de tráfico feroz.

Recuerdo las calles de Malvilla Nagar, las del Assi Ghat, las de la Narvarte, las de Chapinero. Memoricé detalles de cada uno de esos lugares. Una loza floja en medio del anden, una ventana muy salida, un cable tenso con el que podía tropezar, un desnivel, un escalón invisible para mis ojos. En temporada de lluvias todo se complicaba más.

Durante el día sé caminar despacio.
En las noches, si ando sola, a veces creo que solo puedo gatear.

No lo digo, pero hay momentos en que tiemblo al cruzar una calle. Miro para ambos lados, aguzo el oído y solo espero estar viendo todo lo que debo ver, estar escuchando todo lo que debo escuchar. Nada más. Leer Más

FUI

Escarabajo

 

Viajas, caminas, te mueves. Eres trashumante. Siempre sin un peso en el bolsillo, retando esa ley universal que dice que creas lo que crees, que la abundancia cósmica es infinita y que se te proveerá todo lo que necesitas si así lo piensas, si así lo nombras, si así lo sientes, si así lo decides, porque sin coherencia interna, nada, y en coherencia interna, todo.

Se te convierte en fetiche desafiar el paradigma del dinero. “No tengo un peso y hago lo que quiero”, grita en gozo una voz interna. Aprendes a dormir con los babas, a viajar con los sadhus, a peregrinar con los jains, aprendes a entrar en Bután sin permiso, como un vagabundo, con la certeza de que si te descubren te pueden castigar, pero confiando en que no suceda.

Hay cansancio. Cagar siempre en una esquina o un callejón cualquiera agota. Sumergirte en las aguas de un río contaminado y salir casi tan sucio como entraste, desgasta. Pero también hay dicha, hay regocijo, hay momentos místicos. La magia del todo y la nada se te revela, lo sagrado te visita de vez en cuando.

Y hay peligros, el más grande de todos es asumir el camino de la renuncia sin verdadera renuncia. El peligro de apegarse a la creencia de que como todo lo merezco, todo lo he de recibir. Es un juego dañino que te devuelve a la infancia, que te convierte en un niño que eternamente pide: “dame, dame, dame, dame universo, dame, dame, dame”.

El niño está en su ley, toda demanda infantil es genuina. El “dame” y “quiero” del niño son sagrados, pues detrás de cada una de esas exigencias solo hay una suplica por amor, atención, protección y seguridad. Pero la adultez es otra cosa, la adultez es el territorio del dar, del servir, del retorno de la bondad recibida. El dharma de estar para uno mismo y para los otros. Leer Más

Años

Akira Kusaka 2

 

Como sé que me pasarán y quiero que me sigan pasando,
voy a pedirles que me hagan más espontánea, sutil y libre.
Que apacigüen la vana pensadera y cada uno de ustedes
traiga luz y fuerza a mis ideas.
Que me ayuden a ejercer en cada momento, aún en los más complicados, el derecho a decir mi verdad.
Que el corazón, poco a poco, vaya tomando posesión de todo y sea lo primero.
Que alcance a profundizar en el ‘Yo’, siendo más consciente del ‘Nosotros’.
Que pueda llegar a ser una tesa en la práctica de la gratitud, la compasión y el amor genuino.
Dejen todas las marcas que quieran en mi piel, adelante.
Al fin y al cabo ya colonizaron mi frente.
Aquí tienen también mi emoción, mi energía, mi mente.
Pero años, por favor.
Que esas marcas sean evolución en mí.
Que estas trochas, rutas y veredas que atraviesan mi vida,
con cada uno de ustedes, me lleven a un mejor lugar.

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Akira Kusaka.

Un hombre

Oamul

 

“Uno nace hombre o mujer”, me dijo algún día uno de mis maestros. “Pero la gran dignidad de llegar a ser humano hay que ganársela”. Ese maestro mío andaba descalzo el mundo, pisaba la tierra en conciencia, sembraba carcajadas a donde iba. Se burlaba de la vanidad en la cara de la vanidad. Se burlaba de la estupidez en la cara de la estupidez. Y luego era capaz de abrazarlas a las dos por igual, y con compasión decirles: bienvenidas, ustedes también hacen parte, ustedes también pertenecen. Ese maestro mío era campesino e indígena. Ese maestro mío lo logró. Él dejó de ser solo un hombre. Él llegó a ser Humano.

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Oamul Lu.
***Mi maestro no usaba traje, no lo necesitaba, él era baquiano en los caminos del ser.

Ven

Monica Ramos

 

Observa mi vida,
escribe sobre ella las leyes del karma.

Dime que antes de nacer ya había roto mi shila,
que insolente como nunca
me creí superior a mi padre.

Dime que a los seis años culpé a una niña
de haber robado un perfume minúsculo
que andaba extraviado entre mis juguetes.

Que mentí y que cuando en el templo
las ancianas movían sus labios
yo impostaba versos y oraciones inexistentes.

Dime que aunque me postré ante el río sagrado
nunca te ofrendé lo suficiente.
Dos palabras, tres o cuatro lagrimas.
¿Qué tanto es?

Ven, asegura que no hay dharma
que cobije mi karma.
Dime devota de ningún dios.
Dime fiel a nadie.

Observa mi vida.
Átomo de hidrogeno, polvo estelar, roca volcánica,
gusano de morera, danta del trópico,
sherpa del glaciar.
Existencia. Leer Más

Devoción

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Me desperté temprano en la mañana. Estiré mi mano hasta alcanzar un espejo pequeño que había dejado sobre la mesita de noche. Y nos vi en él.
¿Recuerdas, Shiva?

“El primer dios que saludas en la mañana es tu dios”, dijiste, “vanidad”.
Y yo en vergüenza solté el espejo en el que llevaba una vida observándome.

Las mujeres del sur te ofrendaron sus cabelleras negras y gruesas.
Yo en cambio, señor, que soy tacañería pura, solo te ofrecí mis cejas.
Con una cuchilla las limpié del rostro y frente a tu río prometí no volver a maquillarlas.

Ellas que te ofrecen mucho, te piden poco. Yo que te di nada, te lo pido todo.
“Permíteme, oh Dios que danza, Dios que construye y destruye, vivir en devoción”, te dije. Y juro que me escuchaste.

Me sentaba en las escalinatas a esperar que un rayito de sol nos calentara a todos los perros, los cabritos, los bueyes, las vacas y mendigos de Kashi y a mí. Y esas escalinatas eran más casa que cualquier casa, más hogar que cualquier hogar, porque solo éramos tú y yo, señor, y los perros, y los bueyes y los mendigos de Kashi.

Pero te ofrecí lo poco y de tu tierra volví a esta tierra.
Aquí el sol no calienta, aquí todo arde.

Llevame de vuelta al río, Shiva, a las escalinatas, al sol que entibia. Llevame de regreso a la muchacha que fui, a esa que creía que toda la vida viviría en devoción. Llamala, invocala, dile que venga, que venga y me rescate de este lugar ardiente en el que a veces se convierte la vida.

¿Dónde estás devota?
¿Dónde estás didi ji?
¿Dónde estás maga?
¿Dónde estás? Leer Más

Pecarás

Monica Ramoss

 

Pecado. Del lat. peccātum. Paradigma del pecado y la culpa. Arma de destrucción masiva más potente que ha conocido la raza humana. Herramienta de perturbación que ha logrado atomizar a los hombres por siglos. Se ha utilizado según la conveniencia de cada dogma con el propósito de inhibir la libertad de pensamiento y acción. Paradigma que se alimenta del miedo, según él, el único dios a quien hay que adorar. “Temerás y obedecerás”, reza. Enemigo frontal de la evolución.

—Callate.
—¿Por qué?
—Porque vos tenés ese jodido don de que la gente te crea todo lo que decís, y después te escucha un malandro y nos encartamos.
—Pero Glo…
—Nada, mija querida, el pecado existió, existe y existirá porque esa es la única manera de que tanta gente mal intencionada que hay se cohíba un poquito y no le dé rienda suelta a sus planes.
—No, mujer, la idea del pecado y la culpa no los frena a ellos. Yo no creo, o al menos no solo a ellos. Nos frena a todos, porque nos infantiliza y nos convierte en niñitos miedosos, dependientes e incapaces de asumirnos responsables de nada.
—¡No, qué va!
—Sí, yo hace mucho decidí que en mí esa palabra no existe.
—Comé, comé mejor que se te enfría.

Ilustración: Monica Ramos.
Textos: Todaslasquehesido.com