50°

Akira Kusaka

 

Nunca había vivido un verano así. En mi ciudad treinta grados eran exageración y treinta y cinco un escándalo.

Que me asegurara de beber agua suficiente, que por nada del mundo saliera a las calles al mediodía, que no me pusiera protector solar porque me asfixiaría, que en lugar de eso cubriera bien mi cuerpo, mi cabello, mi rostro. Que los ojos sí podían estar expuestos, que los necesitaría para ver. Que si por alguna razón debía hacer algún recorrido caminando repasara la ruta que tomaría antes de salir de casa, la más corta posible, nada que excediera los diez minutos bajo el sol. Que recordara que los jugos eran los mejores hidratantes, que tomara duchas frías cada vez que me fuera posible y que pobre de mí, criatura cordillerana que no estaba acostumbrada a los calores de esa ciudad del desierto. Eso decían mis amigos nativos.

En casa había aire acondicionado, pero no funcionaba. Solo un aparato gigante que se llenaba con baldados de agua y que al encenderse hacía un ruido terrible, refrescaba y humidificaba un poco la sala.

Los días en que se iba la luz eran días de silencio. Después del “mierda, se ha ido de nuevo la luz” nadie volvía a abrir la boca. Sin el humificador cada quien buscaba refugio en su propio cuarto. Yo solía descorrer las cortinas pesadas, abrir las ventanas y en el lugar en que estaba mi escritorio, el único rincón del cuarto que no alcanzaba a verse desde la calle, extendía una sábana en el suelo y me acostaba en calzones a esperar a que el sol se escondiera.

A las nueve de la noche volvía a escucharse movimiento en casa y antes de las diez alguien tocaba a mi puerta. “Oye, ¿todavía vives o ya te deshidrataste? Ven, ponte algo, vamos a cenar al mall”. Solo caminábamos la ciudad de noche, hablábamos de noche, reíamos de noche, cenábamos helado de noche, vivíamos de noche. Los campus universitarios resucitaban durante las noches, los deportistas entrenaban de noche, había reuniones de negocios, centros comerciales y restaurantes abiertos durante las noches. Las noches eran movimiento. Los días eran reposo y espera. Leer Más

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Dicha

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¡Véalo! ¿Ya lo vio? Yo no sé si es católico, cristiano o testigo de Jehová, pero ese hombre es una decencia. Se para todos los días en ese mismo punto y diario cambia las frases de los cartelitos que saca. ¿Serán pasajes bíblicos o qué?

A mucha gente le da dizque rabia. Yo era uno de los que empezaba a renegar cada que veía una muchacha o un man trabajando en los semáforos. Me chocaba el trabajo informal, me chocaba la mendicidad, me chocaba que pidieran. A mí más o menos me chocaba todo, porque uno cuando tiene platica en los bolsillos peca por soberbio. No todo el mundo pues, pero yo sí era jodido.

Ver ahora, mujer. Ya no hay día en que prenda el carro sin revisar si sí tengo bastante menudita para darle a todo el que me pida. Yo no le regalaba un peso a nadie y regañaba a mi señora y a mis hijos cuando los veía entregándole una moneda a cualquiera. “Eso, incentive el vicio, si quiere vaya y le compra el sacol”, les decía. Leer Más

Dijo

Akira Kusaka 1

 

—Yo no sé por qué, pero siempre que repaso la idea de aprender a manejar carro, pienso en un cacharrito de esos atolondrados, viejos y destartalados. ¿Te imaginás?, un carro con chichones y rayones. Yo en uno nuevo no sería capaz de embarcarme, como que creo que me accidentaría. En cambio un carro viejito y atolondrado me daría confianza para desafiar el miedo a conducir.
—Sí, lindo eso de que la experiencia de un carrito viejo lo acompañe a uno en esa aventura, en ese camino de iniciación. Que las memorias de todos esos kilómetros recorridos te impulsen cuando dudes y tengas miedo.
—Jum, antes de los 40 voy a hacerlo.

 

Ilustración: Akira Kusaka.

Fin y principio

JustineHowlett

 

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra. Leer Más

AMAR

Evelyn Kritler

 

De verdad quisiera amarlo todo.
La lluvia finita y las gotas gordas y pesadas del torrencial.
Amar al rayo que ayer me espantó y al grito de la muerte que me hizo temblar.
Amar el viento.
Amar el fuego.
Amar la tierra, acariciarla.

Abrazar con devoción esa roca que tomé prestada de la montaña hace tres años.
Amar el hielo de las aguas del Ausangate y el calorcito que sé se enciende en el alma y el cuerpo después de sumergirse en ellas.

Amar a la Pacha y al Inti.
Amar lo suave y lo áspero.
Amar lo luminoso y lo oscuro.
Amar esta molestia en el seno izquierdo y el palpitar de mi ovario derecho.
Amar el aliento turbio y el sudor acido del obrero.
Las manos ancianas que siguen moliendo maíz.

Amar los ojos lujuriosos y los ojos castos.
Amar el estrabismo y la dislexia.
Amar el paso lento y las ganas de correr.
Amar más allá de lo bello, de lo bueno, de lo tibio.
Amar lo que no me resulta amable. Leer Más

Los Justos

 

 

Para este dulce #AbrilLetrasMil
una lectura de Los Justos, de Jorge Luis Borges.

Ilustración: Andrew Bannecker.
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Cómo aman los hombres

Lieke van der Vorst

 

El hombre primero, papá, amó.
Pero no lo suficiente.
Además maltrató.
Y el espacio destinado para ese amor
quedó como batería a media carga.
15%, se leía en el rostro de la niña.

La mujer primera, mamá, amó.
Tanto que tuvo que haber alcanzado
para llenar cualquier espacio en carencia.
El de él, el de ella, el de todos.
Pero no funciona así.

¿Cómo aman los hombres,
Lila?, le pregunto a una amiga.
Es que creo que no lo sé.

Tú sí sabes.
No, no lo sé.

¿Los hombres aman cocinándote
remolachas en mantequilla para la cena?
¿Aman trayéndote a la cama bolsas con agua caliente
para los cólicos menstruales? Leer Más

SADU

SgtSalt

 

Madame, su mano, madame. Su mano, por favor présteme su mano —me dijo una vez, hace mucho, en un invierno en Rishikesh un astrologo indio.
—Mi religión no me lo permite —le dije, como les decía a todos los que me quería quitar de encima. Pero a él no le importó o no me entendió y aprovechando que estábamos en una callecita estrecha me agarró la mano y empezó a hablar.
—Una mente con luz, una mente bella, una mente sana. Le han dado una mente justa, esa es su bendición. Tener una mente así es un regalo, madame, una mente que sabe distinguir lo verdadero de lo falso, una mente que no cae tan fácil en “maya”. Ecuanimidad, madame, que Dios la bendiga, no me debe nada.

Lo sé, el astrologo indio mintió, pero que gran mentira, que bendita mentira, que santo mentiroso, todo un guru ji él, pues desde ese día he puesto mi intención en encarnar cada una de esas palabras.

Mente con luz, mente bella, mente sana, mente justa, mente que sabe distinguir lo verdadero de lo falso, dijo él, y yo decidí creerle.

Miéntanme más seguido, por favor.
Díganme ahora corazón compasivo, palabra dulce, espíritu generoso.
Díganmelo con tono místico y asegúrenme que ha sido el mismo Dios quien me lo ha mandado a decir. Entonces seguro haré lo posible y lo imposible por encarnarlo, por convertirme en ello.

Benditas mentiras.

Ilustración: vía Pinterest.

Hace cuánto

Dadu Shin

 

¿Hace cuánto dejó de bailar?
¿Hace cuánto dejó de cantar?
¿Hace cuánto dejó de ser encantado por la magia de las historias?
¿Hace cuánto dejó de encontrar consuelo en el dulce territorio del silencio?
Preguntaban, según Gabrielle Roth, los hombres y mujeres medicina de las sociedades chamanicas a las personas aquejadas de desanimo y depresión.
Canta, baila, dejate acunar por una historia y retorna al silencio del hogar interno.
La mejor medicina: habitar un lugar íntimo y profundo llamado gozo.

Todaslasquehesido.com

Ilustración: Dadu Shin.

Yo sangro

Dan-ah Kim

 

Soñé que me bañaba bajo un chorro de agua caliente. Y que esa agua caliente era como un arrullo. Se sentía muy bien estar ahí. De repente mi pareja abrió la puerta del baño, y una vergüenza chiquita me atravesó la piel: sobre la tapa del sanitario había dejado unos calzones blancos manchados de sangre. Me seguí bañando, y él, sin decir palabra, abrió la llave del agua caliente del lavamanos y empezó a enjuagarlos. Lo hacía con delicadeza, como si no fueran de algodón sino de papel de arroz. Con sus dedos aplicaba jabón y estregaba la manchita de sangre, que al principio se regaba por todo y luego se diluía. Apenas estuvieron limpios los dejó sobre la tapa del sanitario y entró a la ducha para bañarse conmigo. Me abrazó como si me amara más de lo que yo sé.

Cuando me desperté empecé a recordar a la tía Lola, a la tía Sofía, a la abuela Mercedes, a la abuela Jesusa, a mi madre, a mis primas, a todas las mujeres de mi linaje. Sus ovarios poliquísticos, sus endometriosis, los cólicos menstruales que hemos padecido. Los hijos paridos con dolor, los hijos paridos sin dolor, los abortos o “embarazos malogrados”, como les he oído decir. La menorragia, los úteros extraídos, la preeclamcia, los niños que llegaron y las madres que se fueron.

El amor, el miedo, el dolor. Y otra vez el amor. Y otra vez el miedo. Y otra vez el dolor. Y algunas veces también el pudor, la timidez, el no saber. Y la sangre, la mucha sangre con la que mes tras mes, cada una de nosotras, ha vuelto fecunda esta tierra. Nos recordé a todas y a todas nos bendije, a todas nos desee bien, luz y evolución.

Recordé también que mamá me contó que aunque empezó a menstruar desde los trece años, no le contó a nadie, pues si bien en su casa eran seis mujeres, nunca se hablaba de “esos temas”. Que a los quince años empezó a recoger los pesos que le daban para comprarse su primer paquete de toallas higiénicas. Y que cuando fue a la tienda a comprarlas, al ver tanta gente, mejor se hizo la loca, pues en el pueblo todos se conocían. Leer Más