AGUA

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Lanzarme a ella desde una saliente de la montaña.
Atravesar el río sin temerle a la corriente.
Dejarme llevar, luego sumergirme bien hondo.
Que la cascada caiga con todo su ímpetu.
Nadar sin pensar en seres que no veo.

“¡Soy barquito pequeño, soy barquito pequeño!”,
grito para que alguien me socorra.
“¡Navega, hija, navega!”, responde mamá desde la orilla,
animando a esa niña que soy a los cinco años.

Me entrego al río sin miedo, parece ancho,
pero me siento capaz.
Piernas, brazos, tronco.
Todo lo que soy está ahí, en movimiento.
Hay esfuerzo y verdad en cada brazada, en cada patada.

Veo casi nada,
en la superficie manchas de verde lejanas.
Bajo el agua, ojos cerrados, me estremece esa profundidad.

Después de un rato estoy exhausta.
“Sigue, mona, sigue, no puedes parar”,
creo escuchar las voces de mis primos.

Alguien, desde atrás, empuja con sus manos
las plantas de mis pies.
Manos poderosas, amor de mi hermano.
Mi único hermano.
Tengo trece años, él tiene diez.

Alcanzamos la otra orilla,
las raíces de un árbol sumergido nos sostienen.
“Tranquila, ahorita volvemos a cruzar”,
me dice ahogado, casi sin poder hablar.

No le digo nada.
Nunca le he dicho nada a él,
barco poderoso y valiente que impulsa mi vida.

Agua es todo lo que quiero y no me atrevo.

 

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: vía Pinterest.

 

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