Pequeño Buda

 

Chihuahua by D J Rogers

 

Pasarán los días y algo entenderé. Pasarán los días y esa parte de mí que aún no comprende empezará a hacerlo, a otorgarle un lugar y sentido a esto. ¿Qué es la muerte?, le pregunto a mi mamá. ¿Qué es la muerte?, le pregunto a mi hermana. No hay tono dramático ni intención trascendental en esa pregunta, de verdad, solo un intento por abarcar esta realidad. Las tres nos quedamos en silencio, porque sabemos que no tenemos idea, que no entendemos nada.

Que cosa tan rara, extrañísima. Ayer lloramos mucho y lloramos juntas. Llorar alivia, pero cuando pasa el llanto se siente algo que no sé explicarme a mí misma, a mi sistema. Estoy triste, a ratos todavía se me llenan los ojos de lagrimas, pero más que tristeza es desconcierto. Como que se mueve algo por dentro, pero no sé qué es.

Chiqui llegó a nuestras vidas un Día Internacional del Trabajo, el primero de mayo de 2008. Mi papá salió con mi hermanita a la plaza del pueblo a dar una vuelta y, él que nunca había querido regalarnos una mascota, vio a un señor exhibiendo a Chiqui y se enamoró de él. Papá dijo que lo llevó a casa por darle gusto a Lina, mentira, fue él quien cayó rendido ante ese Chihuahueño minúsculo y redondo.

Chiqui fue un perrito muy amado, yo le decía mi pequeño Buda, porque era gordo y sereno como él solo. Cuando llegaban visitas a la casa ladraba para hacerse sentir y luego salía moviendo sus nalguitas obesas y pidiendo cariño. Se vendía por una caricia, se dejaba cargar y mimar por todos. Hasta alguito de pena nos daba, porque incluso con los señores de los domicilios quería entablar una relación entrañable y duradera. “Muy lindo el perrito, como que no quiere que yo me vaya”, decían ellos riéndose.

Hace siete meses, un día antes de mi cumpleaños, Chiqui sufrió su primera crisis de epilepsia. Y ayer, luego de batallar con esa enfermedad, se fue. Estaba tan mal, casi ni podía respirar. Su corazón dejó de latir cinco segundos después de que un veterinario joven le suministró la medicina. Leer Más

Anuncios

AGUA

11823463840394dfc52080701c061f62

 

Lanzarme a ella desde una saliente de la montaña.
Atravesar el río sin temerle a la corriente.
Dejarme llevar, luego sumergirme bien hondo.
Que la cascada caiga con todo su ímpetu.
Nadar sin pensar en seres que no veo.

“¡Soy barquito pequeño, soy barquito pequeño!”,
grito para que alguien me socorra.
“¡Navega, hija, navega!”, responde mamá desde la orilla,
animando a esa niña que soy a los cinco años.

Me entrego al río sin miedo, parece ancho,
pero me siento capaz.
Piernas, brazos, tronco.
Todo lo que soy está ahí, en movimiento.
Hay esfuerzo y verdad en cada brazada, en cada patada.

Veo casi nada,
en la superficie manchas de verde lejanas.
Bajo el agua, ojos cerrados, me estremece esa profundidad. Leer Más