Maribel

lieke van der vorst

 

Algo andaba buscando. La factura del agua, la garantía de la licuadora, cualquier papel. Ya ni sé. Lo cierto es que cuando levanté la mirada y la encontré en el espejo me sorprendí. Cacheti colorada, la piel reseca y una sonrisa de niña o anciana.

La observé confundida.
No la había visto antes o no la recordaba.

“¿Quién sos?”, le pregunté. Y ella, sin escucharme, continuó cortando dos yucas en trozos grandes. “La mujer más bonita del mundo”, me respondí ante su silencio.

Acomodada junto al fogón de leña, siguió luego con unas papas y un manojo de cebolla larga. El agua, en la olla tiznada, hervía. Tres gallinas picoteaban el piso de tierra cerca de ella.

Un grito se escuchó a lo lejos. No supe reconocer lo que decía. Afanada, metió todo lo que había picado dentro de la olla, se juagó las manos y salió corriendo con un termo blanco.

“¡Maribel, traé la bogadera!”, se escuchó de nuevo, y entonces sí pude reconocer esa voz. “¡Ya voy!”, respondió ella con fuerza y sin dejar de correr por un terreno plano que se convirtió en bajada. La tierra se veía seca y sus pies pisaban firme. Llegó junto a él en pocos minutos.

“Gracias, mija, perdón por la gritadera, pero este mono está picando”, le dijo él antes de empezar a beber en sorbos gruesos y sonoros el jugo de nísperos que ella le había llevado.

—¿Y Florita?
—Sigue echada.
—¿Nada que le baja la fiebre?
—Nada, esa vaca está achantada.

Se sentaron en medio del cultivo un rato. Luego ella se levantó. Le recibió el termo y empezó a subir.

—¡Mija, prepárele otro poquito de remedio a Florita! —gritó él cuando ella se alejaba.
—¡Yo lo preparo, pero no se lo doy. Esa vaca lo quiere es a usted! —respondió ella con otro grito, riendo.
—¡No seas resabiada, Maribel, ella nos quiere a los dos!

Cuando regresó a la casa se acercó de nuevo al fogón. La papa y la yuca ya estaban blanditas. A ese sancocho le faltaba casi nada.

Se sentó en el borde del corredor a esperar, recostó la espalda contra una columna de madera y cerró los ojos. Pasó su lengua por encima del labio superior y saboreó el sudor que le había dejado semejante carrera.

Le gustaba la vida que vivía.
Lo supe.

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Lieke van der Vorst.

 

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