Señora

itsmyfavorites.tumblr.com

 

—Que mi mamá le manda a decir que no se preocupe que ella no me está explotando laboralmente.
—¡Obvio no! Yo lo sé —le respondo entre susto y risa —Yo nunca he dicho eso.
—Es que yo le ayudo porque a mí me gusta, pero ella no quiere que le siga ayudando porque cree que la gente va pensar cosas malas —me dice justificándose mientras balancea su cuerpo.
—¡Ah! —es lo único que alcanzo a exclamar justo antes de que ella vuelve a hablar.
—¿Usted vive sola? —pregunta ahora sonriendo.
—Sí.
—¿Y usted es casada?
—No.
—Ah, bueno, si quiere llama a mi mamá y le dice que me deje seguir viniendo, que usted sabe que ella no me obliga.
—Listo —le respondo.
Luego le entrego el dinero, le agradezco, me despido y cierro la puerta en un alboroto interno. Gozo y ternura me estremecen.

… ¿De dónde sacará tanta cosa? … Su uniforme de colegio, ese diálogo que me arrancó de mi trabajo … Todo niño debería tener un adulto a cargo, la asignación secreta de sacudirle la vida a esos que ya llevamos más tiempo aquí en la Tierra… Pienso mientras subo las escalas.

María Fernanda es una locura crespa y sonriente de once años. Apenas la conozco hace unos días, cuando su mamá se ofreció a vender almuerzos entre algunos vecinos. Agradecí la propuesta, pues por estas fechas no me queda mucho tiempo para cocinar, pero desde el primer día supe que seguiría pagando, no por la sopa de plátano con arroz y jugo de mora, sino por verla a ella.

Cada vez que llamo es María la que contesta, toma el pedido y luego de unos minutos llega hasta mi casa con el almuerzo. Que cuál es mi nombre, que cuántos años tengo, que si vivo con un gatico, que por qué nunca me ha visto en la iglesia ni en el parque. Pregunta sobre mi vida, me cuenta un poco sobre la de ella y siempre me dice señora.

Va en las mañanas al colegio, regresa a casa al medio día, almuerza muy deprisa para que su mamá le permita recibir los pedidos y luego le ayuda a repartir algunos, solo los que quedan cerca, no a más de cuatro cuadras. Esto de los almuerzos es algo nuevo para ellas, pues su mamá se quedó sin empleo hace poco y decidió probar esta opción.

Verla a ella es recordarme también a mí: en el granero del abuelo, sentada sobre un bulto de maíz y comiéndome un sapote rapidísimo, queriendo terminar pronto para ayudarle a él. “¡Abuelito, yo, yo!”, le decía a mis siete años, pidiéndole que me permitiera pasarle una bolsa o entregarle la devuelta a algún cliente. “¡Qué muchacha tan trabajadora!”, exclamaba él y lanzaba una risotada. Y yo me sentía plena de servirle, de acompañarlo, de ser parte de eso que él vivía.

Hay infancias preciosas, infancias en las que uno goza jugando a trabajar.
Hay otras en las trabajar no es un juego.
Esas otras infancias me duelen profundamente.

 

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: vía itsmyfavorites.tumblr.com

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s