Maribel

lieke van der vorst

 

Algo andaba buscando. La factura del agua, la garantía de la licuadora, cualquier papel. Ya ni sé. Lo cierto es que cuando levanté la mirada y la encontré en el espejo me sorprendí. Cacheti colorada, la piel reseca y una sonrisa de niña o anciana.

La observé confundida.
No la había visto antes o no la recordaba.

“¿Quién sos?”, le pregunté. Y ella, sin escucharme, continuó cortando dos yucas en trozos grandes. “La mujer más bonita del mundo”, me respondí ante su silencio.

Acomodada junto al fogón de leña, siguió luego con unas papas y un manojo de cebolla larga. El agua, en la olla tiznada, hervía. Tres gallinas picoteaban el piso de tierra cerca de ella.

Un grito se escuchó a lo lejos. No supe reconocer lo que decía. Afanada, metió todo lo que había picado dentro de la olla, se juagó las manos y salió corriendo con un termo blanco.

“¡Maribel, traé la bogadera!”, se escuchó de nuevo, y entonces sí pude reconocer esa voz. “¡Ya voy!”, respondió ella con fuerza y sin dejar de correr por un terreno plano que se convirtió en bajada. La tierra se veía seca y sus pies pisaban firme. Llegó junto a él en pocos minutos. Leer Más

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Señora

itsmyfavorites.tumblr.com

 

—Que mi mamá le manda a decir que no se preocupe que ella no me está explotando laboralmente.
—¡Obvio no! Yo lo sé —le respondo entre susto y risa —Yo nunca he dicho eso.
—Es que yo le ayudo porque a mí me gusta, pero ella no quiere que le siga ayudando porque cree que la gente va pensar cosas malas —me dice justificándose mientras balancea su cuerpo.
—¡Ah! —es lo único que alcanzo a exclamar justo antes de que ella vuelve a hablar.
—¿Usted vive sola? —pregunta ahora sonriendo.
—Sí.
—¿Y usted es casada?
—No.
—Ah, bueno, si quiere llama a mi mamá y le dice que me deje seguir viniendo, que usted sabe que ella no me obliga.
—Listo —le respondo.
Luego le entrego el dinero, le agradezco, me despido y cierro la puerta en un alboroto interno. Gozo y ternura me estremecen.

… ¿De dónde sacará tanta cosa? … Su uniforme de colegio, ese diálogo que me arrancó de mi trabajo … Todo niño debería tener un adulto a cargo, la asignación secreta de sacudirle la vida a esos que ya llevamos más tiempo aquí en la Tierra… Pienso mientras subo las escalas.

María Fernanda es una locura crespa y sonriente de once años. Apenas la conozco hace unos días, cuando su mamá se ofreció a vender almuerzos entre algunos vecinos. Agradecí la propuesta, pues por estas fechas no me queda mucho tiempo para cocinar, pero desde el primer día supe que seguiría pagando, no por la sopa de plátano con arroz y jugo de mora, sino por verla a ella.

Cada vez que llamo es María la que contesta, toma el pedido y luego de unos minutos llega hasta mi casa con el almuerzo. Que cuál es mi nombre, que cuántos años tengo, que si vivo con un gatico, que por qué nunca me ha visto en la iglesia ni en el parque. Pregunta sobre mi vida, me cuenta un poco sobre la de ella y siempre me dice señora. Leer Más