Maribel

lieke van der vorst

 

Algo andaba buscando. La factura del agua, la garantía de la licuadora, cualquier papel. Ya ni sé. Lo cierto es que cuando levanté la mirada y la encontré en el espejo me sorprendí. Cacheti colorada, la piel reseca y una sonrisa de niña o anciana.

La observé confundida.
No la había visto antes o no la recordaba.

“¿Quién sos?”, le pregunté. Y ella, sin escucharme, continuó cortando dos yucas en trozos grandes. “La mujer más bonita del mundo”, me respondí ante su silencio.

Acomodada junto al fogón de leña, siguió luego con unas papas y un manojo de cebolla larga. El agua, en la olla tiznada, hervía. Tres gallinas picoteaban el piso de tierra cerca de ella.

Un grito se escuchó a lo lejos. No supe reconocer lo que decía. Afanada, metió todo lo que había picado dentro de la olla, se juagó las manos y salió corriendo con un termo blanco.

“¡Maribel, traé la bogadera!”, se escuchó de nuevo, y entonces sí pude reconocer esa voz. “¡Ya voy!”, respondió ella con fuerza y sin dejar de correr por un terreno plano que se convirtió en bajada. La tierra se veía seca y sus pies pisaban firme. Llegó junto a él en pocos minutos. Leer Más

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