CORRER

Daniela Dahf Henriquez

 

Yo estaba lo más de contenta tomándome un tetero cuando él apareció en la puerta de la casa. No sé quién lo invitó ni quién le abrió. Solo sé que cuando lo vi pensé: “¡vida verraca, qué pena, este señor me pilló tomando tetero!”. Yo tenía diecisiete años y él se quedó mirándome, parecía pasmado.

Mis amigas decían que yo era la muchacha más linda de la cuadra, pero como nunca me dejaron salir a ninguna parte nadie se dio cuenta y no tuve pretendientes. Él fue el único. Era serio, bien presentado, educado y mi papá lo autorizó a visitarme.

Si me preguntan de qué me enamoré, yo diría que no fue de él, sino de la dulce idea de salir corriendo de mi casa. Mi papá siempre fue muy severo y mi mamá demasiado sumisa. Yo estaba cansada de lavarle los calzoncillos a mis hermanos y de cocinar para tanta gente, porque a las mujeres de la casa nos descargaban toda la responsabilidad doméstica. Fue de eso de lo que yo me enamoré, yo veía el matrimonio como un escape.

Nos casamos un miércoles por la tarde después de siete meses de novios. Ese día, luego de la misa, mi familia invitó a una comidita en la casa. Todos eran picos y abrazos. Yo estaba hermosa y me sentía realizada, sentía que por primera vez mis papás y mis hermanos me miraban con respeto. Creí que de verdad el matrimonio sí sería la solución a todos mis problemas.

Como a las nueve de la noche él se acercó y me dijo suavecito: “mija, ya va siendo hora de irnos”. Y a mí ese “mija” me sonó a gloria. Me despedí de todos dichosa y salí de la casa de mis papás colgada de su brazo, sintiéndome como una reina. Ya no tendría que compartir la cama con Gloria y Estela. Ya no tendría que lavarle la ropa a Jaime, Javier y Fernando. Ya no volvería a soportar los malos tratos de mi viejo. ¡Bendito Dios, me estaba salvando!.

Cuando salimos a la calle no había nadie esperándonos, entonces lo miré extrañada y le pregunté: “¿Hernando, y dónde está el taxi?, ¿no ha llegado?”. “No, mija, para qué taxi si a esta hora todavía pasa el bus, véalo, allá viene”, me respondió.

El bus pasó, él le hizo el pare y se subió. Yo, como en shock, no sabía qué hacer. “Mija, hágale pues”, me dijo. Y yo muerta de la vergüenza me subí con mi vestido de novia, con mi maletica y con la cabeza agachada. Ni modo de devolverme para la casa de mis papás. Todo el mundo en el bus me miraba.

Yo creo que nunca lo superé, nunca le perdoné a Hernando eso, fue una vergüenza que me acompañó por mucho tiempo. Por huir de mi casa me había casado con un hombre que más que tacaño era miserable. Siete años estuve con él, aprendiendo todos los días que el matrimonio no era ningún escape, sino una escuela verracamente complicada.

 

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Daniela Dahf Henriquez.

 

 

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