Un día

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Era el año 67 o 68. Teníamos 13 años y no nos interesaban las mujeres para nada. Lo nuestro era leer. Pero los muchachos del salón, que ya habían sido iniciados en la vida sexual, no paraban de hablar de putas y nos mantenían azotados. “Hey, virgo, usted es virgo, ¿cierto? Este pelao todavía tiene cachucha, no ha botado el forro”. Que montadera tan brava. Nadie se imagina lo difícil que es para un hombre sobrevivir a la adolescencia. Eso son una cantidad de presiones provenientes de diferentes lugares.

Alfredo y yo nos decidimos, no porque quisiéramos, sino porque sentíamos que no teníamos otra opción. Así que un día, sin ninguna emoción y más bien muertos del susto y la vergüenza, fuimos donde las putas. Caminamos un rato por las calles de esa ciudad que todavía era pueblo y cuando llegamos a la puerta con bombillo rojo que nos habían indicado, tocamos. Nos abrió una mujer vieja y gorda que pegó un alarido apenas nos vio: “Sonia, mirá quiénes están aquí, los hijos de Jaime y Orlando, qué belleza”.

La señora nos hizo pasar y nosotros, casi que temblando del miedo, no pronunciamos palabra. Nos encomendó a cada uno con una prostituta distinta y les pidió que nos trataran bien. Esa primera experiencia sexual fue traumática. Ni siquiera recuerdo cómo era esa mujer. Yo estaba en shock y ella me movía, me estiraba, me daba vueltas, me escurría, yo parecía un trapo en una lavadora.

Alfredo y yo salimos de ahí en silencio, deprimidos y achantados, tuvieron que pasar cuatro años para que nos atreviéramos a hablar de lo que vivimos ese día. ¿Eso era el sexo? ¿De ese acto triste y vergonzoso se ufanaban los pelados del colegio? No, nosotros no, nunca más pasaríamos por allá.

Ese día también quedé odiando a mi papá. Él era de misa y rosario diario, perteneciente al Partido Conservador y a la Asamblea de Hombres Católicos. No hacía mucho me había encontrado en la sala de la casa revisando una enciclopedia de anatomía y me había regañado terriblemente que por inmoral. En mi casa todo era pecado, para él todo era pecado, pero visitaba a las putas. Lo odié con todas mis fuerzas. ¿Cómo le hacía eso a mamá?

Ser hombre es muchas veces una vaina triste, tratando de demostrar quién es más que quién, tratando de chicanear con cosas dolorosas y absurdas. Con razón los pobres pelaos del salón solo decían: “Sí, sí, yo ya fui, yo ya, yo ya”. Y no decían nada más. ¿Qué iban a decir, qué iban a contar?, que un terremoto los había sacudido y los había dejado magullados y vueltos nada. Eso no se cuenta.

Alfredo y yo nos dedicamos a los libros y al fútbol, por varios años nuestra única religión. Luego apareció el amor y nos hizo cambiar de opinión, porque el amor le cambia a uno las opiniones.

 

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Ryo Takemasa.

 

 

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