Sati

Andrea Lauuuren

 

Eres mujer de muchos dioses,
dijiste.
Y de un solo hombre,
repliqué.
Pero ya no escuchabas,
murmurabas salmos.

Orejas pequeñas,
pies deformes,
cuerpo emplumado.
Quetzalcóatl.

Danza eterna,
yogui perfecto,
tridente en mano.
Parvati soy ante ti.

Si supiera cómo,
arrancaría la duda.
Juro, encendería la luz.

Eres mujer de muchos dioses,
insistes.
Y de un solo hombre,
vuelvo a decir.

 
Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Andrea Lauren.

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CORRER

Daniela Dahf Henriquez

 

Yo estaba lo más de contenta tomándome un tetero cuando él apareció en la puerta de la casa. No sé quién lo invitó ni quién le abrió. Solo sé que cuando lo vi pensé: “¡vida verraca, qué pena, este señor me pilló tomando tetero!”. Yo tenía diecisiete años y él se quedó mirándome, parecía pasmado.

Mis amigas decían que yo era la muchacha más linda de la cuadra, pero como nunca me dejaron salir a ninguna parte nadie se dio cuenta y no tuve pretendientes. Él fue el único. Era serio, bien presentado, educado y mi papá lo autorizó a visitarme.

Si me preguntan de qué me enamoré, yo diría que no fue de él, sino de la dulce idea de salir corriendo de mi casa. Mi papá siempre fue muy severo y mi mamá demasiado sumisa. Yo estaba cansada de lavarle los calzoncillos a mis hermanos y de cocinar para tanta gente, porque a las mujeres de la casa nos descargaban toda la responsabilidad doméstica. Fue de eso de lo que yo me enamoré, yo veía el matrimonio como un escape.

Nos casamos un miércoles por la tarde después de siete meses de novios. Ese día, luego de la misa, mi familia invitó a una comidita en la casa. Todos eran picos y abrazos. Yo estaba hermosa y me sentía realizada, sentía que por primera vez mis papás y mis hermanos me miraban con respeto. Creí que de verdad el matrimonio sí sería la solución a todos mis problemas.

Como a las nueve de la noche él se acercó y me dijo suavecito: “mija, ya va siendo hora de irnos”. Y a mí ese “mija” me sonó a gloria. Me despedí de todos dichosa y salí de la casa de mis papás colgada de su brazo, sintiéndome como una reina. Ya no tendría que compartir la cama con Gloria y Estela. Ya no tendría que lavarle la ropa a Jaime, Javier y Fernando. Ya no volvería a soportar los malos tratos de mi viejo. ¡Bendito Dios, me estaba salvando!. Leer Más

Un día

Captura

 

Era el año 67 o 68. Teníamos 13 años y no nos interesaban las mujeres para nada. Lo nuestro era leer. Pero los muchachos del salón, que ya habían sido iniciados en la vida sexual, no paraban de hablar de putas y nos mantenían azotados. “Hey, virgo, usted es virgo, ¿cierto? Este pelao todavía tiene cachucha, no ha botado el forro”. Que montadera tan brava. Nadie se imagina lo difícil que es para un hombre sobrevivir a la adolescencia. Eso son una cantidad de presiones provenientes de diferentes lugares.

Alfredo y yo nos decidimos, no porque quisiéramos, sino porque sentíamos que no teníamos otra opción. Así que un día, sin ninguna emoción y más bien muertos del susto y la vergüenza, fuimos donde las putas. Caminamos un rato por las calles de esa ciudad que todavía era pueblo y cuando llegamos a la puerta con bombillo rojo que nos habían indicado, tocamos. Nos abrió una mujer vieja y gorda que pegó un alarido apenas nos vio: “Sonia, mirá quiénes están aquí, los hijos de Jaime y Orlando, qué belleza”.

La señora nos hizo pasar y nosotros, casi que temblando del miedo, no pronunciamos palabra. Nos encomendó a cada uno con una prostituta distinta y les pidió que nos trataran bien. Esa primera experiencia sexual fue traumática. Ni siquiera recuerdo cómo era esa mujer. Yo estaba en shock y ella me movía, me estiraba, me daba vueltas, me escurría, yo parecía un trapo en una lavadora.

Alfredo y yo salimos de ahí en silencio, deprimidos y achantados, tuvieron que pasar cuatro años para que nos atreviéramos a hablar de lo que vivimos ese día. ¿Eso era el sexo? ¿De ese acto triste y vergonzoso se ufanaban los pelados del colegio? No, nosotros no, nunca más pasaríamos por allá. Leer Más