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Akira Kuzaka 2

 

Había quedado de encontrarme en la estación Hamburgo del Metrobús con Ricardo. Desde ahí caminaríamos hasta un café en el que nos esperaba otro amigo. Pero como no estaba segura de poder lograrlo, preferí pedirle la dirección del lugar. “Llego en taxi”, dije. “Cómo crees, te veo en el metrobús, está bien cerca de la casa en la que te hospedas”, insistió.

No quise recordarle que mis lentes, en sus orillas, alcanzan casi dos centímetros de densidad. Tampoco que en las noches, ese contraste entre oscuridad y luces de los muchos carros, me deja ciega. Que hay calles que son mías, me las sé de memoria. Pero que hay otras que no lo son, calles como las calles de esta ciudad, que tampoco es mi ciudad.

Ricardo es amigo fiel. Si le insinuaba algo relacionado con mi visión, exaltado se habría lanzado a encarnar a su yo sobreprotector. “No te muevas, ya estoy en camino”, lo imaginé diciendo. Por eso no le di más palabras a esa conversación.

He vivido en varias ciudades. También aquí viví. Hace siete años este era mi territorio, pero ahora no lo es. Ciudades de aceras destrozadas, de grietas visibles, de alumbrado público escaso o inexistente y de tráfico feroz.

Recuerdo las calles de Malvilla Nagar, las del Assi Ghat, las de la Narvarte, las de Chapinero. Memoricé detalles de cada uno de esos lugares. Una loza floja en medio del anden, una ventana muy salida, un cable tenso con el que podía tropezar, un desnivel, un escalón invisible para mis ojos. En temporada de lluvias todo se complicaba más.

Durante el día sé caminar despacio.
En las noches, si ando sola, a veces creo que solo puedo gatear.

No lo digo, pero hay momentos en que tiemblo al cruzar una calle. Miro para ambos lados, aguzo el oído y solo espero estar viendo todo lo que debo ver, estar escuchando todo lo que debo escuchar. Nada más.

Salí de la casa en la que estaba hospedada y empecé a caminar. Parecía una noche de luna nueva, el cielo oscuro total. Sabía que durante las próximas tres o cuatro cuadras no habría alumbrado público. Me detuve en mi lado del mundo, esperé a no ver vehículos cerca. “Que no aparezca ninguna moto ni bicicleta sin luces”, pensé y crucé.

Mientras atravesaba la calle me sentí sola en toda la cuadra, pero al aterrizar en la acera del frente reconocí el cantar y silbar de un hombre. Era un vallenato, uno que yo me sabía: “te fuiste en una nube blanca sin mirar atrás, dibujaste un arcoíris con sabor a mar”. Estaba cerca y avanzaba rápido. De golpe lo vi. Casi bailaba ese vallenato mientras tanteaba y arreaba el mundo con su bastón.

Cachetada fina.
De las mejores que he recibido.
Me estremecí.

—Buenas noches —dijo al pasar cerca y sentir mi presencia.
—Buenas noches, señor, ese vallenato es del Binomio de Oro y yo lo cantaba con mis amigas del colegio a todo pulmón. Gracias por cantarlo así de bonito.
—¡Colombiana! —exclamó con agrado—. Qué crees, mis padres eran de tu tierra, yo me crié en Venezuela y vivo en México hace 14 años. Quiero un montón la música de tu país. Mi nombre es Luís, me dicen Chamo, es un gusto.
—Mucho gusto —dije apretando su mano, sintiendo que estaba frente a un tipo de milagro.
—Oye, ¿y hacia dónde te diriges?
—Metrobús Hamburgo.
—Bien cerca de mi casa, si quieres nos acompañamos —dijo y me ofreció su brazo.

De Luis supe algunas cosas, pocas. Que había quedado ciego hacia menos de cinco años a causa de una depresión severa por el abandono de su pareja y la perdida de sus padres. Que aunque los primeros años batalló muchísimo con esta nueva condición, supo reponerse. Que estudiaba actuación. Que tenía un don increíble en la voz, cantaba hermoso e imitaba cualquier cantidad de acentos. Que algo grande había aprendido, pues en él ya no había depresión. Que se movía con propiedad por esas calles, que era humano.

Durante todo el camino fue Luis quien me guió. No tuve que decir nada, él me advirtió de los huecos, desniveles y raíces de árboles que hacían zancadilla. “Aguas, se robaron la banqueta”, apuntaba con gracia.

Aunque los sentí pequeños y egoístas, también le compartí dos o tres miedos propios y le agradecí que estuviera ahí. Él me apretó la mano, no necesitó saber mucho para conocerme.

Despedirme de Luis fue algo que no quise hacer.
Pero Ricardo esperaba en la estación del Metrobús, y supe que aunque el maestro se fuera la maestría quedaría.

Luis Perdomo iluminó mis miedos.
Luego siguió su camino: cantando vallenatos y arreando el mundo con su bastón.

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Akira Kuzaka.

 

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