Lo que sobrevive

Andrew Bannecker

 

Los vecinos dicen:
“calma, ya pasó”.
Mamá dice: “agradece,
pudo llegar a más”.

Decido quedarme esa primera noche.
Respirar el olor de lo que dejó el fuego,
permitir que me duelan aquellas manchas oscuras.

Dos repisas de madera.
La obsidiana, la florita verde y los cuarzos.
Tres juegos de cartas.
Algunos instrumentos pequeños.
El altarcito.
Un retrato y una carta a papá.
Todo un universo ritual.

¿La vela que alumbraba mi anhelo
transmutó en esto?

Abro y cierro los ojos.
Es una culpa que huele y sabe a humo.

Me arrodillo,
entre la ceniza un azul brillante.
Balance, dice ese pequeño trozo de papel que aún palpita.

Después del fuego algo queda.
Lo que sobrevive.

Esa fuerza capaz de volver a crearlo todo.

 
Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Andrew Bannecker.

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Fanny

lieke va

 

Se llama Fanny. Lo sé porque la segunda vez que nos encontramos en la calle me atreví a saludarla y preguntarle su nombre. No mimé ni jugueteé con el perrito que paseaba: un pomerania tranquilo. Quería saludarla a ella, mirarla a los ojos a ella.

La primera vez que la vi, hace un par de semanas, casi nos chocamos en una acera estrecha cerca de mi casa. Verla uniformada con un vestido corto color salmón y un delantal blanco en encaje me conmocionó tanto que, avergonzada, agaché la mirada. Eso no pasa aquí, especulé. Eso sí pasa aquí, rectifiqué.

Durante el par de cuadras que me faltaban para llegar a casa me fui pensando en ella. En ella y en Aidé, Edilse, Dolly, Luceli y todas las empleadas domesticas que a lo largo de los años conocí en la casa de mi abuela. Mujeres que muchas veces llegaban en su adolescencia desplazadas por la violencia de pueblos como Cocorná, San Rafael, San Luis y San Carlos. Mujeres que se quedaban ahí hasta que, en la misa de tres de la tarde de cualquier domingo, un buen o no tan buen hombre les sonriera e hiciera promesas de una mejor vida.

“Doña Fabiola, me voy a casar, dios le pague por todo”, le decían ellas en forma de despedida. Y mi abuela, por pura incoherencia emocional o tal vez por el legado aún vigente de esos antepasados suyos que tuvieron y tuvieron hijos para asegurarse mano de obra barata, les replicaba: “Mijita, pero cómo me va a dejar si yo a usted la quiero como a una hija”. Las quería y las trataba bien, sí, pero solo eso.

Mis tíos renegaban, se encargaban de investigar sobre los antecedentes de los pretendientes y trataban de persuadirlas. “Es putero, Aidé, hágame caso. Es toma trago, tiene fama de golpeador, no se vaya con él, abra los ojos. Mire que la va a poner a hacer lo mismo que aquí, pero sin pagarle. No se haga eso a usted misma”.

Todas se fueron y mamá y yo, en secreto, celebramos esas partidas, no porque en casa de la abuela tuvieran una mala vida ni porque creyéramos que esos amores de misa de domingo serían su salvación, sino porque sabíamos que ellas soñaban con algo mucho mejor y nosotras de verdad orábamos y orábamos, pues era lo único que sabíamos hacer en ese tiempo, para que así fuera, para que se les abrieran nuevos caminos.

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VER

Akira Kuzaka 2

 

Había quedado de encontrarme en la estación Hamburgo del Metrobús con Ricardo. Desde ahí caminaríamos hasta un café en el que nos esperaba otro amigo. Pero como no estaba segura de poder lograrlo, preferí pedirle la dirección del lugar. “Llego en taxi”, dije. “Cómo crees, te veo en el metrobús, está bien cerca de la casa en la que te hospedas”, insistió.

No quise recordarle que mis lentes, en sus orillas, alcanzan casi dos centímetros de densidad. Tampoco que en las noches, ese contraste entre oscuridad y luces de los muchos carros, me deja ciega. Que hay calles que son mías, me las sé de memoria. Pero que hay otras que no lo son, calles como las calles de esta ciudad, que tampoco es mi ciudad.

Ricardo es amigo fiel. Si le insinuaba algo relacionado con mi visión, exaltado se habría lanzado a encarnar a su yo sobreprotector. “No te muevas, ya estoy en camino”, lo imaginé diciendo. Por eso no le di más palabras a esa conversación.

He vivido en varias ciudades. También aquí viví. Hace siete años este era mi territorio, pero ahora no lo es. Ciudades de aceras destrozadas, de grietas visibles, de alumbrado público escaso o inexistente y de tráfico feroz.

Recuerdo las calles de Malvilla Nagar, las del Assi Ghat, las de la Narvarte, las de Chapinero. Memoricé detalles de cada uno de esos lugares. Una loza floja en medio del anden, una ventana muy salida, un cable tenso con el que podía tropezar, un desnivel, un escalón invisible para mis ojos. En temporada de lluvias todo se complicaba más.

Durante el día sé caminar despacio.
En las noches, si ando sola, a veces creo que solo puedo gatear.

No lo digo, pero hay momentos en que tiemblo al cruzar una calle. Miro para ambos lados, aguzo el oído y solo espero estar viendo todo lo que debo ver, estar escuchando todo lo que debo escuchar. Nada más. Leer Más