FUI

Escarabajo

 

Viajas, caminas, te mueves. Eres trashumante. Siempre sin un peso en el bolsillo, retando esa ley universal que dice que creas lo que crees, que la abundancia cósmica es infinita y que se te proveerá todo lo que necesitas si así lo piensas, si así lo nombras, si así lo sientes, si así lo decides, porque sin coherencia interna, nada, y en coherencia interna, todo.

Se te convierte en fetiche desafiar el paradigma del dinero. “No tengo un peso y hago lo que quiero”, grita en gozo una voz interna. Aprendes a dormir con los babas, a viajar con los sadhus, a peregrinar con los jains, aprendes a entrar en Bután sin permiso, como un vagabundo, con la certeza de que si te descubren te pueden castigar, pero confiando en que no suceda.

Hay cansancio. Cagar siempre en una esquina o un callejón cualquiera agota. Sumergirte en las aguas de un río contaminado y salir casi tan sucio como entraste, desgasta. Pero también hay dicha, hay regocijo, hay momentos místicos. La magia del todo y la nada se te revela, lo sagrado te visita de vez en cuando.

Y hay peligros, el más grande de todos es asumir el camino de la renuncia sin verdadera renuncia. El peligro de apegarse a la creencia de que como todo lo merezco, todo lo he de recibir. Es un juego dañino que te devuelve a la infancia, que te convierte en un niño que eternamente pide: “dame, dame, dame, dame universo, dame, dame, dame”.

El niño está en su ley, toda demanda infantil es genuina. El “dame” y “quiero” del niño son sagrados, pues detrás de cada una de esas exigencias solo hay una suplica por amor, atención, protección y seguridad. Pero la adultez es otra cosa, la adultez es el territorio del dar, del servir, del retorno de la bondad recibida. El dharma de estar para uno mismo y para los otros. Leer Más

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