Cuerpo

Oamul Lu-4 (dragged)

 

Levanto los pies.
Preparo un té dulce.
El mareo no pasa.

Ahora también duelen los huesos.
El anhelo ya había llegado hasta allí,
ama alojarse en lugares profundos.

No expectativas, dijo tantas veces la Negra.
Lo que lastima son esas líneas de tiempo abiertas,
esa necesidad de proyectarnos más allá de lo cierto.

Dolor muscular.
Frío en manos y pies.
Estomago revuelto.
Hora de recoger futuros no realizados.

Acabo de perder un nosotros.
Me queda lo que casi siempre,
un yo en tránsito,
un cuerpo atravesado
por lo que cuesta aprender.

Ilustración: Oamul Lu.
Todaslasquehesido.com

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50°

Akira Kusaka

 

Nunca había vivido un verano así. En mi ciudad treinta grados eran exageración y treinta y cinco un escándalo.

Que me asegurara de beber agua suficiente, que por nada del mundo saliera a las calles al mediodía, que no me pusiera protector solar porque me asfixiaría, que en lugar de eso cubriera bien mi cuerpo, mi cabello, mi rostro. Que los ojos sí podían estar expuestos, que los necesitaría para ver. Que si por alguna razón debía hacer algún recorrido caminando repasara la ruta que tomaría antes de salir de casa, la más corta posible, nada que excediera los diez minutos bajo el sol. Que recordara que los jugos eran los mejores hidratantes, que tomara duchas frías cada vez que me fuera posible y que pobre de mí, criatura cordillerana que no estaba acostumbrada a los calores de esa ciudad del desierto. Eso decían mis amigos nativos.

En casa había aire acondicionado, pero no funcionaba. Solo un aparato gigante que se llenaba con baldados de agua y que al encenderse hacía un ruido terrible, refrescaba y humidificaba un poco la sala.

Los días en que se iba la luz eran días de silencio. Después del “mierda, se ha ido de nuevo la luz” nadie volvía a abrir la boca. Sin el humificador cada quien buscaba refugio en su propio cuarto. Yo solía descorrer las cortinas pesadas, abrir las ventanas y en el lugar en que estaba mi escritorio, el único rincón del cuarto que no alcanzaba a verse desde la calle, extendía una sábana en el suelo y me acostaba en calzones a esperar a que el sol se escondiera.

A las nueve de la noche volvía a escucharse movimiento en casa y antes de las diez alguien tocaba a mi puerta. “Oye, ¿todavía vives o ya te deshidrataste? Ven, ponte algo, vamos a cenar al mall”. Solo caminábamos la ciudad de noche, hablábamos de noche, reíamos de noche, cenábamos helado de noche, vivíamos de noche. Los campus universitarios resucitaban durante las noches, los deportistas entrenaban de noche, había reuniones de negocios, centros comerciales y restaurantes abiertos durante las noches. Las noches eran movimiento. Los días eran reposo y espera. Leer Más

Dicha

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¡Véalo! ¿Ya lo vio? Yo no sé si es católico, cristiano o testigo de Jehová, pero ese hombre es una decencia. Se para todos los días en ese mismo punto y diario cambia las frases de los cartelitos que saca. ¿Serán pasajes bíblicos o qué?

A mucha gente le da dizque rabia. Yo era uno de los que empezaba a renegar cada que veía una muchacha o un man trabajando en los semáforos. Me chocaba el trabajo informal, me chocaba la mendicidad, me chocaba que pidieran. A mí más o menos me chocaba todo, porque uno cuando tiene platica en los bolsillos peca por soberbio. No todo el mundo pues, pero yo sí era jodido.

Ver ahora, mujer. Ya no hay día en que prenda el carro sin revisar si sí tengo bastante menudita para darle a todo el que me pida. Yo no le regalaba un peso a nadie y regañaba a mi señora y a mis hijos cuando los veía entregándole una moneda a cualquiera. “Eso, incentive el vicio, si quiere vaya y le compra el sacol”, les decía. Leer Más

Dijo

Akira Kusaka 1

 

—Yo no sé por qué, pero siempre que repaso la idea de aprender a manejar carro, pienso en un cacharrito de esos atolondrados, viejos y destartalados. ¿Te imaginás?, un carro con chichones y rayones. Yo en uno nuevo no sería capaz de embarcarme, como que creo que me accidentaría. En cambio un carro viejito y atolondrado me daría confianza para desafiar el miedo a conducir.
—Sí, lindo eso de que la experiencia de un carrito viejo lo acompañe a uno en esa aventura, en ese camino de iniciación. Que las memorias de todos esos kilómetros recorridos te impulsen cuando dudes y tengas miedo.
—Jum, antes de los 40 voy a hacerlo.

 

Ilustración: Akira Kusaka.