Decirlo

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El día en que decidí decirle a mi muchacha que ella no era hija de su papá, me desperté en un charco de miados gigante. Y ella, que había venido a hacerme la visita y a dormir conmigo, quedó boqui abierta. “¿Amá, vos es que estás enferma y no me has dicho nada o qué?”, me preguntó. Y yo me agarré a chillar.

En pijama, en medio del charco de miados y llorando como una culicagada le conté que ella no era hija del desgraciado que creía su papá. Que ella era hija de otro infeliz, un vecino que un día me cogió sola en la finca y me violó.

Yo pensé que mi pobre muchacha se me iba a desmayar o se iba a pegar a llorar conmigo, pero nada. Me salió lo más de verraquita. Me abrazó duro, me dio un piquito en la frente y me dijo: “venga, amacita, parece de ahí”. Ella misma me quitó la pijama, me acompañó hasta el bañó y sacó a asolear el colchón. Y apenas me vio bañadita y lista se me acercó y me volvió a decir: “mami, ¿por qué será que a usted le ha tocado sufrir tanto? Ay, amá, gracias por haberme tenido a pesar de ese dolor y esa humillación tan grande”.

Ese día aproveché para contarle todo. Le dije que Joselo también me había violado, que estar con él había sido una eterna violación. Que me casé con él obligada y que lo único bueno que había tenido en esta vida eran ellos, mis seis hijos.

A la mayoría de las mujeres de mi edad nos enseñaron a callar. “Calladita se ve más bonita, mija”, “la ropa sucia se lava en casa”, “no abra la boquita que de pronto le queda ensangrentadita”, le decían a uno, muchas veces en amenaza. Y uno, por miedo y vergüenza, obedecía y se callaba. Así nos criaron a muchas.

Pero esos silencios y secretos no hacen sino daño, por eso yo ya empecé a hablar, a sacar dolores que tengo encajados en el corazón, la cabeza y la barriga desde chiquita. Las garroteras de mi papá, el desprecio de mi mamá, la maldad de las monjas del internado, la mala vida que me dio Joselo. Todo eso hay que sacarlo. Cargar con esas cosas no es bueno y yo ya estoy muy vieja.

Yo primero creía que lo mejor sí era comer callada, aguantar y no decirle nada a los muchachos, dizque para no hacerlos sufrir. Pero no, que va, ellos también necesitan saber de dónde vienen, quién fue su taita, quién es su mama, quiénes fueron sus abuelos y cuál ha sido la vida que hemos vivido. Sin mentiras, sin tapados, sin guardados, sin secretos. Si hay que llorar se llora, si hay que miarse del susto se hace, pero nada de “calladita se ve más bonita”. Eso nunca más.

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: vikkichu.com

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