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El guevón ese me jodió durante toda la época del colegio. Me puso apodos, me insultó, me ridiculizó por ser el más pobre y el más flaco del salón. Me robaba la lonchera y salía corriendo con ella. “Bomba atómica, bomba atómica, a López le echaron frijoles con arroz”, gritaba por todas partes y me tiraba el desayuno a la basura.

Ese man era una porquería, conmigo y con todo el que fuera gordo, flaco, alto, bajito o tuviera gafas o algo de qué burlarse. Yo nunca fui capaz de responderle, nunca tuve la fuerza para parármele de frente y encararlo. Nada, yo no más temblaba, gagueaba y me ponía rojo como la chompa del uniforme.

Hace como tres meses hubo un reencuentro de los del colegio y el man ese llegó como si nada y me estiró la mano para saludarme. No nos veíamos hace más de siete años y yo, sin pensarlo, le lancé un puño y le reventé la cara. “Cinco años de chimbearme en el colegio a cambio de una reventada”, le dije delante de todos los que estaban ahí, “ahora sí dígame hermano, ahora sí extiéndame la mano que ya estamos a paz”.

¿Vos crees que yo alguna vez pensé en hacerle eso? Obvio nunca. Yo soy un tipo calmado, pero esa fue mi primera reacción cuando él me estiró la mano. Yo sé que muchos me miraron como si estuviera loco, pero no fue premeditado. Leer Más

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Adonde haya un río

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Leí este poema.
Sentí que se quedó cerca.

***

Supe de cosas que iba a querer hacer sola.
Presenciar la noche y su luz apagada
huir de las estrellas
palpar la textura de los bichos muertos
tocar el agua cuando hierve
dorarme la piel al sol
como si fuera el cuero
de los animales del desierto,
entibiar la leche de un hijo
salir corriendo sin rumbo
adorar mi desnudez
subirme al auto y darle arranque,
llevarme adonde haya un río.
Detenerme en la oscuridad
no ver nada por un rato,
amamantar
llorar con volumen alto
hasta quedarme sin escucha.
Soltar la mano de mamá
salir sin heridas
sangrar sin cicatriz.
Supe que no habría nadie más
que este corazón mío que late
y mi silencio para oírlo quedarse
cerca,
como un maullido
como una luz que no encandila.

Un poema de Natalia Romero.
http://todaslascostas.blogspot.com.co/
Ilustración: Rose Wong.

Abrazarla

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Padre y madre alcohólicos. Violencia intrafamiliar. Dramas al desayuno, dramas al almuerzo y dramas a la comida. Maltrato al cien. No me digas pues que no tengo derecho a asegurar que, cuando Dios me pidió que escogiera a la familia con la que iba a vivir aquí en la tierra, yo estaba emburundangada. Mija, para haberlos escogido a ellos, yo tenía que estar era pero llevada del putas. Uno conscientemente no escoge a la familia que yo escogí. ¡Noooo!

Dicen que uno antes de nacer elige a sus padres y los aprendizajes que junto a ellos va a vivir. Y yo sí creo que eso es así. Lo que pasa es que a la niña que fui le dieron muy duro, a la adolescente que fui casi la matan y a la jovencita que fui le tocó sacar fuerzas para revelarse y largarse de ahí. Ser hija de ellos ha sido lo más difícil que yo he vivido. Por eso a veces me gusta decir que yo a mi familia la elegí en un estado de consciencia inconsciente.

Lo bueno es que uno crece, mona, y aprende. Aprende a mirar con humor y amor el dolor. Aprende a dejar de quejarse del papá y la mamá que tuvo, por más hijueputas y abusivos que hayan sido. Uno aprende a aceptar, algunos hasta a perdonar aprenden. Y si es muy buen aprendiz también aprende a construir con eso y sobre eso. Porque la mierda también es material de construcción. Material del bueno.

Mi papá y mi mamá solo me dieron un regalo en la vida: la vida. Uno solo y el más importante. Yo me demoré mucho en caer en cuenta de eso, pero el día que lo hice me prometí a mí misma dejar de quejarme y maldecirlos y empezar a bendecirlos. No es fácil, pero ahora cada vez que me llega algún recuerdo de ellos intento decir: “Que donde sea que estén, estén bien. Que donde sea que estén les llegue mi gratitud y mi amor”. Leer Más

Decirlo

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El día en que decidí decirle a mi muchacha que ella no era hija de su papá, me desperté en un charco de miados gigante. Y ella, que había venido a hacerme la visita y a dormir conmigo, quedó boqui abierta. “¿Amá, vos es que estás enferma y no me has dicho nada o qué?”, me preguntó. Y yo me agarré a chillar.

En pijama, en medio del charco de miados y llorando como una culicagada le conté que ella no era hija del desgraciado que creía su papá. Que ella era hija de otro infeliz, un vecino que un día me cogió sola en la finca y me violó.

Yo pensé que mi pobre muchacha se me iba a desmayar o se iba a pegar a llorar conmigo, pero nada. Me salió lo más de verraquita. Me abrazó duro, me dio un piquito en la frente y me dijo: “venga, amacita, parece de ahí”. Ella misma me quitó la pijama, me acompañó hasta el bañó y sacó a asolear el colchón. Y apenas me vio bañadita y lista se me acercó y me volvió a decir: “mami, ¿por qué será que a usted le ha tocado sufrir tanto? Ay, amá, gracias por haberme tenido a pesar de ese dolor y esa humillación tan grande”.

Ese día aproveché para contarle todo. Le dije que Joselo también me había violado, que estar con él había sido una eterna violación. Que me casé con él obligada y que lo único bueno que había tenido en esta vida eran ellos, mis seis hijos. Leer Más