kapune

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Para nosotros Dios es todo, el mismo cosmos, el mismo universo, todo. Y la tierra es como nuestra mamá, es sagrada. Nosotros somos hijos del maíz, nacimos de la tierra. Una mujer mientras sembraba unos granitos de maíz se cortó con una roca un dedo del pie, su sangre empapó los granitos de maíz y de ahí nacimos nosotros, los indígenas. Son los jaibanás quienes tratan de mantener esos equilibrios con la Madre Tierra, le avisan a uno que hay lugares que es mejor no visitar o que hay tierra que debe dejarse descansar. Claro que por la perversión a que ha llevado el dinero a algunos indígenas, se tuvieron que crear estatutos que resguardan la naturaleza, porque no faltaba el indígena que vendía un árbol de doscientos años por cualquier billete.

Mi papá era mestizo y humillaba mucho a mi mamá. No la dejaba enseñarme su cultura. Le decía que para qué me enseñaba el idioma de esos hijuetantas guascudos, que yo no iba a comer con eso. Él tomaba represalias contra ella y le pegaba si la veía enseñándome su cultura indígena, incluso nos llevó a vivir a una finca a dos días de camino de la comunidad que porque él no quería saber nada de guascudos.

Ya cuando yo tenía nueve años me sacaron a la carretera y me matricularon en una escuela campesina. Y a los trece años me empecé a volar para ir a mi comunidad, hasta que me fui del todo y me matriculé en la escuela indígena. En la comunidad estaban mi abuelita, mis tías, mis primos, toda mi familia.

Yo no sé qué irá a pasar cuando mi abuelita falte, porque ella solo ha sido amor para mí. A estas alturas todavía juega conmigo. A mí me ven con ella y no me creen que sea mi abuelita, porque es una indiecita chiquitica, pero yo me siento orgulloso de ella.

Estudiando en el colegio indígena yo recuperé mi lengua. Luego me dieron trabajo como maestro y me mandaron para una comunidad de selva a un día de camino. Esa experiencia me ayudó a conectarme mucho más con mis raíces, porque todo mi contacto era indígena. Aunque ellos no me creían mucho que yo fuera indígena y hasta ahorita me dicen emberá kapune, indio blanco. Esa gente es muy recochuda. Mi única dificultad, por mis rasgos físicos, fue con los niños. Me corrían porque le tienen miedo a la gente blanca.

Duré siete años por allá. Pero hace un año me trasladaron a una comunidad cerquita del pueblo. Y las diferencias son muchas. En la selva ellos viven relajados y tranquilos. La pesca, la caza y la cosecha marcan el ritmo de todo. Creo que tienen como veintiocho mil hectáreas, por eso la vida es tranquila y sana.

En esta comunidad en cambio, por estar tan cerquita del pueblo, los indígenas ya se comportan como cualquier campesino. Se levantan temprano a trabajar tierras que arriendan, porque al ser desplazados ni tierras tienen. Son siete familias en tres hectáreas y viven estresados, porque el indígena no es lo que capitalistamente se considera un buen trabajador. Ellos no son de trabajar de 6am a 6pm.

El territorio es la armonía de una comunidad, pero ellos aquí viven estrechos. No se pueden ir a montear porque se le meten en los terrenos a otros. No pueden dejar un marranito suelto porque les daña los cultivos a otros. No pueden moverse mucho porque donde se le pierda algo al colono es el indígena el que se lo robó. La vida para los indígenas de pueblo es dura.

Mi orgullo es indígena, aunque no voy a negar que a veces me siento como el patito feo, pero no por ellos, sino porque la gente desde afuera juzga y me miran como a un infiltrado. Yo le estoy enseñando a mi hija la lengua, pero a palabritas no mas. Mi idea es llevármela para la escuela porque allá con otros niños sí va aprender. Mi mujer, que es mestiza, está de acuerdo. Ella sabe que es lo mejor para todos, porque sería muy maluco que la niña más grandecita dijera que su papá es indígena, pero sin argumentos, sin sentirse orgullosa de eso y sin conocer la lengua. Si mis hijos no aprenden la lengua sería por puro egoísmo mío. Y la cultura de uno y la historia de uno está en la lengua.

Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Ryo Takemasa.

 

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