No sos un delito. Sos un ser humano

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Mi mamá tuvo tres esposos y los tres se murieron. Y de ellos le quedaron seis hijos. Cuando ella conoció a mi papá se quedó con él solo por la comida de sus niños, pues no tenía otra manera de sobrevivir. Mi papá les dio mucha comida, pero nunca dio afecto; es más, abusó de su condición y maltrató. Por eso, cuando mi mamá quedó en embarazo de mí, me rechazó. Ella no me quería, pero pensó que tenerme sería la mejor manera de pagarle a mi papá toda la comida que él les estaba dando a sus otros seis hijos. Ese embarazo fue una tortura. Ella estaba vieja, cansada y enferma.

Una semana antes de cumplir los siete meses de gestación ella estaba en el baño y en medio de un ataque de tos me le salí y caí en el sanitario. Yo nací un 13 de septiembre de 1981 con una bacteria en la sangre. Fui una bebé muy enferma, y aunque mi mamá intentó regalarme, no fue capaz.

En mi infancia fui rechazada por mis hermanos por ser la hija de mi papá. Todo lo que él les hacía era mi culpa. Mi papá murió cuando yo tenía 18 años, y como yo fui su niña y su preferida, mis hermanos me lo cobraron. La mala, la que no sirve para nada, la hija de ese señor. Y me lo creí, de verdad me creí la causa de todo dolor.

A los 18 años me casé con un hombre en el que encontré la posibilidad de tener algo mío: mi esposo, mis hijos, mi propia familia. Yo deseaba ser amada, protegida y aceptada, y junto a él tuve eso. Pero a los cinco años de matrimonio él murió en un accidente y me dejó sola con tres hijos. Esa muerte me marcó la vida, porque fue tanto el dolor que sentí que cuando lo enterré a él enterré también a la yo de antes. Sobre su tumba prometí que nunca más iba a ser la débil. Prometí ser otra. Ese día enterré a la yo víctima y parí a una yo cargada de dolor y resentimiento, una yo victimaria. Él murió el 15 de julio del 2005 y ese mismo día nació en mí otra mujer.

Sin él yo no supe qué hacer, pues trabajaba, pero un mínimo no me alcanzaba para mantener a mis tres niños. Yo me sentía vacía y sola, y empecé a conocer amigos que estaban ahí siempre que yo farreara con ellos, consumiera con ellos y robara con ellos. Pero no puedo decir que fueron esos amigos quienes me influenciaron, pues nada te influencia más que tu propio dolor, que tu propia necesidad, que tu propia rabia.

Yo estoy aquí por hurto, secuestro, tortura y homicidio. Los siete peores meses de mi vida fueron esos meses huyendo. Mis hijos se quedaron con mi mamá, pero sufrieron mucho por la presión del CTI y de la prensa. Huí a otra ciudad y me escondí en una finca por dos meses, y luego me congregué en una iglesia cristiana donde le pedí a Dios que guiara mi vida. Cinco meses después me capturaron. Me encontraron rezando en la iglesia.

El señor al que asesiné era un duro, pues llevaba doce años trabajando en la rama judicial y lo adoraban. Por eso todos ellos estaban con los pelos de punta. Entiendo su rabia, su dolor y me pongo en sus zapatos, pero yo no fui condenada con ética. Yo fui condenada desde la rabia y el dolor de los jueces, que se vengaron por haberles asesinado a un amigo del alma.

Me dieron una condena de veinticinco años. Y desde la ley no era eso, debí tener más opciones por haber aceptado los cargos. De hecho todos los abogados que han revisado mi caso me han dicho que estoy mal condenada en todos los ámbitos. Lo primero es que no me debieron haber condenado jueces de aquí, sino de otro lugar, porque a ellos les dolía y fue desde su dolor desde donde me juzgaron. Me forzaron para que aceptara cargos por tortura, cuando fue algo que no hice. Y presionaron a la abogada de oficio para que no hiciera bien su trabajo y me aconsejara mal.

Siempre hay un dolor, un vacío que nos lleva a delinquir. Yo no creo que haya un solo delincuente que lo sea por felicidad. No hay un ella era tan feliz que se convirtió en sicaria. La criminalidad es la consecuencia de vidas muy infelices y miserables. No se puede decir: ella fue tan amada y tuvo tantas oportunidades en la vida que se convirtió en una asesina. No creo que nadie pueda contar esa historia.

Para mí, si alguien va a la cárcel es la sumatoria de un montón de fracasos. El fracaso de la familia, el fracaso del sistema educativo, el fracaso de las instituciones religiosas y espirituales, el fracaso de toda la sociedad. Por lo menos en mi caso y en el caso de muchas de mis compañeras lo veo así. Llegamos a prisión porque según un juez no somos aptas para vivir en esta sociedad, pero lo que me pregunto yo es qué le ofreció esta sociedad a la niña que fui, a la adolescente que fui, a la joven mujer viuda madre de tres hijos que fui. ¿Qué, qué, qué? Un salario mínimo y una condena.

No me justifico, acepto las consecuencias de mis actos y acepto este lugar en el que me puso la vida para aprender. Pero la verdad es que no creo que las prisiones sirvan para nada bueno. Si el compromiso fuera con la resocialización, sí, tal vez. Pero estos lugares funcionan más desde la contención y la represión. Y así no es.

Yo no creo en el control, no creo en la fuerza, no creo en la brutalidad, pues ya los padecí y lo peor de mí salió como respuesta a todo ese maltrato. Yo no creo que uno sea un delito, yo creo que uno es un ser humano y debe ser tratado como tal. Yo creo que lo único que nos puede transformar como humanos y como sociedad es el amor, la compasión, la solidaridad, la justicia de verdad y el acompañamiento y la prevención desde la infancia.

Por eso le pido a Dios para que a mis tres niños, que están ahí afuera siendo criados por una abuela anciana y pobre que nunca ha sabido dar amor, los proteja algún poder mágico y milagroso de caer en lo que yo caí, para que después un juez no venga y diga que es que no son aptos para vivir en esta sociedad.

 

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