El monje

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Había estado visitando monumentos y templos budistas durante todo el día, pues la idea era caminar hasta que el cansancio físico terminara por rendir también a mi mente, necia a más no poder durante toda esa semana. Por eso a pesar del cansancio seguía andando, “arreando demonios internos con cada paso”, como me gusta decir en broma.

Cerca del atardecer, después de horas de marcha, vi a lo lejos a un hombre pequeño que parecía estar barriendo la montaña. Me resultó tan bonita esa imagen que me acerqué para verlo con claridad. Era un monje que vivía en una cueva, cerca al camino principal. Le calculé más de sesenta años.

Él me saludó muy amable y me invitó, a punta de señas, a compartir una sopa en su cueva. Se lo agradecí, lo seguí, entré en la cueva y me senté sobre una piedra mientras él me servía la sopa que tenía hirviendo sobre el fuego.

Qué frío que hacía ahí dentro, y que caliente y simple que estaba esa sopa. Yo soplaba y sorbía, soplaba y sorbía. Y repasaba las filtraciones de agua que empapaban las paredes de roca. “¡Pufff!, qué difícil, qué retador tenía que ser vivir ahí solo, ser un renunciante, pasar frío y seguramente también hambre”, pensé.

El monje, que se había quedado cerca al fuego, acomodaba la leña y de cuando en cuando me miraba en silencio, hasta que en un momento escuché su voz. “You and me, good, good, very very good”. Seguro puse cara de no comprender nada, porque para hacerse entender mejor sacó un condón de su traje escarlata y señalándome a mí y señalándose a él volvió a decir: “you and me, good, good, very good, very good, very auspicious”.

Lo miré durante unos segundos como pasmada. No de miedo, pues nunca sentí miedo, solo como intentando entender lo que estaba pasando. Luego volví a mi sopa. La terminé despacio, en cinco o seis sorbos más. Puse el tazón sobre el suelo. Le dije gracias mirándolo a los ojos y me levanté.

“Sorry, sorry, very sorry, very very sorry”, me dijo agachando la cabeza y cubriéndose los ojos con las manos. Se le veía triste, se le veía avergonzado. Yo salí de la cueva y volví al camino principal sin decir nada, sintiendo que lo más fácil sería juzgarlo, pero que no me interesaba hacerlo. Sintiendo, sobre todo, que yo no era la única que andaba arreando demonios propios ese día.

 

 

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