El caldo

8

 

Cuando supe que Rafael tenía cáncer de piel me quedé como pasmada. ¿Otro cáncer en la familia? Pero en lugar de pegarme a berrear con mis hermanas, mejor agarré camino y me fui para el matadero del pueblo a buscar dos gallinazos. Doña Rosalba me había dicho que ese animal era bendito para esa enfermedad y yo le creí.

Allá me encontré con un muchacho y le pedí el favor de que me los cogiera. Yo le dije que bien podía cobrarme lo que quisiera, que yo sabía que esos gallinazos eran muy bravos y que si lo picoteaban era infección segura. Y él, lo más de querido, me cobró diez mil pesos por cada uno.

Al otro día fui por ellos y me los tenía empacaditos y bien amarrados en de a caja. Lo que me hizo dar como sustico fue que cuando iba en el bus para la vereda unos policías nos pararon y se subieron a revisar. Esos animales no hacían sino chapalear y ellos preguntando que qué era lo que yo llevaba ahí. A mí me dio miedo y les respondí que unas gallinas. Ah, es que uno no sabe. A lo mejor si les decía que eran gallinazos me los quitaban pensando que yo me dedicaba a la brujería o quién sabe qué.

Lo cierto es que llegué con esos animales al Alto y allá mi cuñada me estaba esperando. Pasamos los gallinazos de las cajas a unos costales y los matamos a palazos. A mí me dio pesar, pero qué se va a hacer.

Esos animales son como gallinas, nada más que son más duros de desplumar y la carne es morada negrosa. Pa qué, pero dan asco. Nosotras le hicimos el consomé a mi hermano con harta cebolla y cilantro para que no le supiera muy horrible, pero el pobre tenía que cerrar los ojos, taparse la nariz y bogarse eso a la carrerita. Muy maluco, muy terrible decía él que sabía eso. Yo no me atreví a probarlo.

No, la carne no se la comía, qué tal, eso era solo para hacer el caldito. Él estuvo tomándose ese consomé de gallinazo tres veces al día durante una semana, pero qué va, no mejoró en nada, antes empeoró. Yo no sé por qué, seguro ya estaba muy avanzado el cáncer.

Yo siempre he creído mucho en los remedios de las abuelas. Yo me acuerdo que cuando yo estaba muchacha a los niños con anemia los levantaban a punta de caldo de pichón de paloma y a los muy desnutriditos o debiluchos los bañaban en el caldo de la morcilla o con la leche de vaca, pero directamente de la teta. Eso metían a los peladitos debajo de la vaca y empezaban a ordeñarles encima. Eso era bendito, bendito. Mi abuelita crió a punta de esos remedios a un primito mío que no se quería dejar criar, y ese creció, todavía vive, un hombre fuerte y saludable.

Yo no sé, al pobre de Rafael no le sirvió nada, pero gracias a Dios no fue tanto lo que sufrió, él murió ligero.

 

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