Esa que fui

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Hoy me recordé en esos días en que ni el labial ni el barniz me hacían falta, en que depilarme no era un prerrequisito para amar. Me recordé caminando por calles estrechas, negociando con las vacas para poder llegar a algún lugar. Me recordé dando saltos olímpicos para esquivar los morritos de basura que los vecinos dejaban justo a la entrada del callejón que llevaba a mi casa, y aterrizando, con todo el ímpetu, sobre alguna mierda. Me recordé y me recuerdo sin asco. Me recordé y me recuerdo valiente.

Temblando de frío en una habitación pequeña, escribiendo sobre un cuaderno que de vez en cuando hojeo, escuchando a Muakine cantar en francés los clásicos románticos que yo me sé en español. Abriendo la puerta de mi cuarto de vez en cuando para ver si aparecía un rayito de sol.

Recuerdo a las lavanderas discutiendo en hindi por mi ropa, y al hijo de una de ellas planchando en la calle sobre una mesa de madera, ajeno al alboroto. Moreno de figura maciza, siempre sonriente, siempre con un trapo mal amarrado en la cabeza y alguna pregunta sobre Nandu ji. Él con su hindi, yo con mi inglés y la plancha de carbón yendo y viniendo sobre una camisa de algodón. Tata ji, le decía yo para despedirme, y seguía mi camino segura de que los devas debían andar por ahí. Sí, ellos tenían que ser nuestros intérpretes.

Me recuerdo cada mañana saliendo de casa a comprar 10 rupias de yogur simple para el desayuno. El hombre que lo preparaba era delgado y serio. Creo que lo inquietaban las mujeres que agradecían moviendo los labios. Pronto aprendí a agradecer solo con los ojos. Él me recompensó con un poco más de yogur.

Me recuerdo comprando mis primeras chanclas de plástico dorado en un mercado, usándolas, luciéndolas. Esas chanclas, un pantalón amplio y violeta y el manto verde que me regaló Shek cubriendo mi pelo. Me sentía como una deidad del panteón hindú atravesando los ghats despacio y diciendo neji a diestra y siniestra. “Madame, madame…”, decían ellos. “Neji, neji”, negaba con la cabeza yo. “But, madame…”… “Neji, neji”.

Recuerdo a un hombre santo que nunca se acarició la barba blanca al hablar. Lo recuerdo enseñándome su ashram, mostrándome el árbol que había sembrado y seguía abonando con puñaditos de tierra que le llevaban sus devotos de diferentes lugares del mundo. Lo recuerdo ofreciéndome una vida allí, siguiéndolo a él. “Elije una habitación”, me dijo una mañana. “La única que me interesa está allá”, respondí sin pensar, con un dedo que firme apuntó al cielo.

Me recuerdo ofreciéndole luz y flores al Ganges y huyendo de un hombre pequeño que con ojos llorosos me aseguraba que yo era la Parvati por la que él siempre había implorado a Shiva. Yo, la diosa del amor, la fertilidad y la devoción, logré permanecer compasiva y ecuánime por quince minutos. Luego caminé de prisa y huí en el primer rickshaw que encontré libre. Maldije a Bollywood, a las novelas latinoamericanas, a las canciones románticas y a todos los insensatos que sembraron la semilla de la ficción en la cabeza de ese hombre.

Me recuerdo comprando verdura y fruta, regalándome a mí misma la felicidad de un mango maduro.

Lo recuerdo a él, cada mañana y cada tarde tocando a mi puerta, con la certeza de que en invierno se enamora con té de jengibre y miel. Me recuerdo a mí, preguntándole si tal vez la meditación y el yoga lo harían sentirse mejor, o quizás el tai-chi, al fin y al cabo era chino. El horario del kung-fu terminó por convencernos. Ese fue mi más grande acto de amor y humor, él mejoró, la risa siempre es buena para las cosas del alma.

Me recuerdo diciéndole adiós, adjudicándole ese par de lágrimas a la gripa —que también es tristeza— y arrastrando hasta mi cuarto tres cobijas empolvadas para compensar el calor que él se llevó.

Recuerdo a los niños brahmanes dejándose arrullar por el sol cerca del río. Ellos en sus trajecitos blancos, recitando oraciones, memorizando las formas de los textos sagrados. Algunos muy serios, otros juguetones y necios. Yo junto a ellos, admirando esa perfecta fotografía de los futuros sacerdotes, de los futuros amantes o mercaderes de Dios.

Me recuerdo queriendo usar un sari, pero siendo demasiado tímida y respetuosa como para lucirlo en público. Me compré uno de seda azul en Baba Black Sheep, el negocio de un musulmán que con fuego en mano me enseñó a distinguir entre la seda-seda y la seda-no seda. A veces, cuando estaba segura de que no había nadie en casa, me envolvía en mi sari azul y me sentaba a escribir.

Recuerdo los egg rolls y momos de cinco rupias que comía en la calle, alguna vez también una cena de 1500 rupias. Recuerdo que prometí no culparme, pero no cumplí, me dolió que fuera la mitad del salario de algunos de mis amigos.

Me recuerdo tomando un baño de agua caliente en un día frío, escuchando las risas y cuchicheos de un par de holandesas que alcanzaban a verme desde el patio. Obstinada decidí ignorar mi olvido, por ninguna razón cerraría la llave para ir a cubrir con mi toalla la pequeña ventana que exponía mi cuerpo desnudo.

Recuerdo también que alguna vez aprendí la diferencia entre solitude y loneliness, y no la olvidé, porque la viví.

Me recuerdo revisando el reloj y esperando el grito de Saki ji a las 12 en punto. Nunca se aprendió mi nombre, demasiado difícil para ella, pero si gritaba Kala o Kerala y lunch ready yo daba un brinco y corría a la cocina. Cuando estaba feliz y quería consentirme le daba tregua a las lentejas y me preparaba aloo paratha y guiso de verduras.

Recuerdo a un hombre que de joven le ofrendó su pasaporte al Ganges, y con él su nombre, su historia en otro continente, su pasado. Se hizo sanniasi, se hizo renunciante. Me recuerdo llena de respeto y nostalgia ante él, viéndolo caminar por ahí, ya viejo, vestido de naranja, esquivando bicicletas, motos y carros en una ciudad poluta que no podía apreciar su virtud. “Encontrarte es dulce”, le susurré a la divinidad mirando al mismo río el día de mi cumpleaños, “pero qué retador que es buscarte”.

Recuerdo el vagón, el olor a berrinche y especias, el bulto de sábanas sucias sobre las que viajé sentada y el libro que me acompañó hasta llegar allí.

Recuerdo el tren que me llevó a esa ciudad y recuerdo el tren que me alejó de ella. El primero lo tomé en un acto de valentía, el segundo en uno de renuncia.

Esa que fui me visitó hoy.
Dijo que solo quería recordarme que en mí viven todas las que he sido.

 

 

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