El caldo

8

 

Cuando supe que Rafael tenía cáncer de piel me quedé como pasmada. ¿Otro cáncer en la familia? Pero en lugar de pegarme a berrear con mis hermanas, mejor agarré camino y me fui para el matadero del pueblo a buscar dos gallinazos. Doña Rosalba me había dicho que ese animal era bendito para esa enfermedad y yo le creí.

Allá me encontré con un muchacho y le pedí el favor de que me los cogiera. Yo le dije que bien podía cobrarme lo que quisiera, que yo sabía que esos gallinazos eran muy bravos y que si lo picoteaban era infección segura. Y él, lo más de querido, me cobró diez mil pesos por cada uno.

Al otro día fui por ellos y me los tenía empacaditos y bien amarrados en de a caja. Lo que me hizo dar como sustico fue que cuando iba en el bus para la vereda unos policías nos pararon y se subieron a revisar. Esos animales no hacían sino chapalear y ellos preguntando que qué era lo que yo llevaba ahí. A mí me dio miedo y les respondí que unas gallinas. Ah, es que uno no sabe. A lo mejor si les decía que eran gallinazos me los quitaban pensando que yo me dedicaba a la brujería o quién sabe qué.

Lo cierto es que llegué con esos animales al Alto y allá mi cuñada me estaba esperando. Pasamos los gallinazos de las cajas a unos costales y los matamos a palazos. A mí me dio pesar, pero qué se va a hacer.

Esos animales son como gallinas, nada más que son más duros de desplumar y la carne es morada negrosa. Pa qué, pero dan asco. Nosotras le hicimos el consomé a mi hermano con harta cebolla y cilantro para que no le supiera muy horrible, pero el pobre tenía que cerrar los ojos, taparse la nariz y bogarse eso a la carrerita. Muy maluco, muy terrible decía él que sabía eso. Yo no me atreví a probarlo. Leer Más

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Esa que fui

7

 

Hoy me recordé en esos días en que ni el labial ni el barniz me hacían falta, en que depilarme no era un prerrequisito para amar. Me recordé caminando por calles estrechas, negociando con las vacas para poder llegar a algún lugar. Me recordé dando saltos olímpicos para esquivar los morritos de basura que los vecinos dejaban justo a la entrada del callejón que llevaba a mi casa, y aterrizando, con todo el ímpetu, sobre alguna mierda. Me recordé y me recuerdo sin asco. Me recordé y me recuerdo valiente.

Temblando de frío en una habitación pequeña, escribiendo sobre un cuaderno que de vez en cuando hojeo, escuchando a Muakine cantar en francés los clásicos románticos que yo me sé en español. Abriendo la puerta de mi cuarto de vez en cuando para ver si aparecía un rayito de sol.

Recuerdo a las lavanderas discutiendo en hindi por mi ropa, y al hijo de una de ellas planchando en la calle sobre una mesa de madera, ajeno al alboroto. Moreno de figura maciza, siempre sonriente, siempre con un trapo mal amarrado en la cabeza y alguna pregunta sobre Nandu ji. Él con su hindi, yo con mi inglés y la plancha de carbón yendo y viniendo sobre una camisa de algodón. Tata ji, le decía yo para despedirme, y seguía mi camino segura de que los devas debían andar por ahí. Sí, ellos tenían que ser nuestros intérpretes.

Me recuerdo cada mañana saliendo de casa a comprar 10 rupias de yogur simple para el desayuno. El hombre que lo preparaba era delgado y serio. Creo que lo inquietaban las mujeres que agradecían moviendo los labios. Pronto aprendí a agradecer solo con los ojos. Él me recompensó con un poco más de yogur.

Me recuerdo comprando mis primeras chanclas de plástico dorado en un mercado, usándolas, luciéndolas. Esas chanclas, un pantalón amplio y violeta y el manto verde que me regaló Shek cubriendo mi pelo. Me sentía como una deidad del panteón hindú atravesando los ghats despacio y diciendo neji a diestra y siniestra. “Madame, madame…”, decían ellos. “Neji, neji”, negaba con la cabeza yo. “But, madame…”… “Neji, neji”. Leer Más

El hermano mayor

6

 

—¿Qué es eso?
—Un libro.
—Qué curioso, ¿cubriste las tapas con periódico?
—Sí, es una novela prohibida.
—¿Prohibida? Eso ya ni existe.
—Sí, una novela gay. No quiero que la vean en el trabajo y mucho menos en mi casa.
—Entiendo.
—Sí, es todo un tema. He vivido solo durante los últimos cinco años, pero hace un par de meses mi papá cayó enfermo y tuve que regresar a vivir con ellos para apoyarlos. Así que ahora tengo que estar más atento a mis comportamientos y a no dejar a la vista nada que me delate.
—Pero son tu familia, algo sospecharán.
—No, nunca. En mi familia la homosexualidad es equivalente al cáncer, saben que existe, pero están convencidos de que es algo que les pasa a otros, nunca a ellos.
—¿Y has pensado en decirles?
—No es una opción para mí. No en mi familia. No en mi contexto social.
—Entiendo.

No sé si sabes, pero aquí las mujeres deben ser las primeras de la familia en casarse. Esa es la tradición. Y es responsabilidad de los hermanos varones ayudar a los padres a conseguir buenos esposos para sus hermanas. En casa somos cinco, dos mujeres y tres hombres. Yo apoyé a mis padres con la dote de mis hermanas y afortunadamente ambas pudieron casarse con buenos hombres.

Después de que las mujeres de la familia contraen matrimonio los hombres también pueden hacerlo, pero en orden de nacimiento. Y como yo soy el mayor y no pienso casarme, mis hermanos viven enojados conmigo. Ellos tienen novias, pero no la autorización de mis padres, pues según ellos yo tengo que ser el primero. Leer Más

Adiós

5

 

Los cólicos menstruales que a mí me daban eran horribles. Me dejaban tirada en la cama por lo menos un día al mes. Pero en ese periodo fueron peores, por eso decidí pedir cita con un médico que a través de hipnosis y regresión había ayudado a una amiga a sanarse de un dolor de espalda crónico.

Llegué a la consulta y el doctor me explicó que aplicaba la terapia solo en los casos en los que otros tratamientos no hubieran dado resultado. Que él apoyaba la regresión con fines sanadores, no como chismoseo de memorias antiguas. Y que por lo mismo solo buscaríamos en el pasado claves para entender mis dolores.

Hicimos una especie de meditación corta, él me invitó a respirar de alguna manera, creo que contó de diez a cero y en mi cabeza empezó a aparecer una película de la que otras yo eran protagonistas. Yo esperaba ver pedazos de mi infancia, tal vez algo que pudo haberme ocurrido cuando yo era una niña o una bebé y no recordaba. Nunca lo que vi.

Yo en el cuerpo de una campesina corpulenta y fuerte intentando parir de pie. Aferrada a un lazo que colgaba de una biga del techo y con una ponchera con agua caliente y sábanas en el piso. Pujando, sudando, gritando. Con el cuerpo destrozado de dolor y decidida a dar a luz a ese bebé que estaba asfixiándose en su propia placenta. Leer Más

Que duele

4

 

Un auténtico gilipollas el tío este con el que salí hoy. Lo conocí por el Grindr, la aplicación de encuentros gays. Muy majo él con su barba y su turbante bien puestos, su carrera de empresariales en Londres y sus deportivas caras, pero no sabes todo lo que me ha contado. Hicimos como veinte vueltas al parque mientras hablábamos y me ha dejado flipando.

La familia del tío tiene mucha pasta y lo envió a estudiar al extranjero cuando terminó la escuela. Y allí ha estado, haciendo lo que quiere durante diez años, pero ahora el padre le ha exigido que vuelva y haga vida aquí. Le están buscando esposa y él no ha dicho que no. ¿Puedes creerlo?, se va a casar con una mujer, va a tener hijos.

Dice que no le puede contar la verdad a su padre. Que si le dice que le gustan los hombres se muere el viejo o lo mata a él. Que sería una tragedia familiar. Nada nuevo.

Lo que más me cabreó fue lo que me respondió cuando le pregunté si no se sentía mal por hacerle eso a una mujer. Dijo que yo no sabía nada, que aquí las cosas eran distintas y que cualquier mujer estaría feliz de tener un marido como él. Que él le daría una casa, la llevaría de paseo, le compraría cosas. Pero que lo más importante era que nunca le pegaría, y que eso ya era bastante. Además, que no la jodería por sexo, porque según dijo el gilipollas este a las mujeres de aquí no les gusta follar, se les hace un fastidio. Leer Más