Y mirabas el río

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No sé de dónde saqué tanta fuerza, pero la saqué y lo dejé todo. Mandé a la porra mi carrera como arquitecta, le escrituré la casa de La Soledad a mi mamá y regalé las cosas que tenía, que en esa época me parecían el gran patrimonio. Qué risa pensar en ese montón de chécheres que lloré.

Compré mi tiquete, armé la maleta y me vine. Mi destino estaba claro, quería estar lo más cerca posible del nacimiento del Ganges, estar en estas montañas que desde mi casa se veían como los Himalayas. Ya sé que de aquí a los Himalayas hay un buen trecho, pero es que desde allá no tenía esa perspectiva. Para mí todo era: montañas más norte de India, igual a Himalayas.

Yo llegué aquí seca. Llegué rendida de las dinámicas del mundo. Llegué completamente drenada por todo lo que habían sido esos años ahí afuera. Mejor dicho, llegué como llegamos casi todos los que aterrizamos en estos lugares: vuelta nada.

Mi suerte fue encontrarme con él. Encontrar al swami fue mi bendición. Yo pude haber sido presa fácil de tanto falso maestro y mercader espiritual que hay acá. Facilito, porque yo no conocía a nadie y no sabía nada. Pero di con un buen hombre, di con un buen maestro.

Durante siete años yo no tuve que mover un dedo. En el ashram lo recibí todo. Él me lo dio todo. Alojamiento, alimentos, guía espiritual. Aquí aprendí a meditar, aquí me convertí en profe de yoga. Todo. Todo. Sí, fueron por lo menos siete años, siete años viviendo la vida, siete años en los que ocuparme de ser era mi única ocupación. Solo ocuparme de ser, nada más.

Después de ese tiempo yo misma decidí hacerme cargo de ciertas cosas, empezar a tomar como mías algunas responsabilidades del ashram, del mantenimiento, de la administración del lugar. Yo decidí que si me habían servido a mí durante tanto tiempo ya era mi momento de servir. Y claro, servir es más retador que ser servido, pero ha sido algo tan bello. Crecer en servicio es un don.

Lo que me pasa ahora es que ya son veinte años desde que llegué y en los últimos meses no dejo de hacerme las mismas preguntas. Hay noches en las que ni dormir puedo. Me pregunto ¿cuándo fue que se me olvidó ser valiente?, porque yo fui valiente. Yo fui valiente, lo dejé todo para venir aquí. O me pregunto ¿qué es la valentía ahora?, ¿qué significa en este momento de mi vida ser valiente? ¿Irme o quedarme? ¿Irme o quedarme? ¿Qué elegiría la valentía?, ¿qué elegiría el amor?, ¿qué elegiría el miedo?

También me pregunto por la lealtad, cómo no. Me cuestiono sobre qué es la lealtad, aunque con él he aprendido que la única lealtad posible es hacia uno mismo, hacia el propio camino, hacia la propia evolución de la conciencia. Me repito que siendo valiente y leal a mí misma le seré leal a él y sus enseñanzas, pero es duro.

Yo me siento joven y fuerte. Qué son 45 años si aspiras a vivir en este cuerpo por lo menos hasta los 90; media vida, casi nada. Pero él ya está viejo, también está solo y este lugar cada día crece más. Hay gente que llega, pero nadie se queda lo suficiente, nadie se compromete lo suficiente. Vienen, pasan una temporada y adiós. Y eso está bien, cada uno en lo suyo.

No sé qué voy a hacer, lo que sí sé es que él nunca me va a decir que me vaya, tampoco que me quede, porque él es un maestro y un maestro no decide por ti. Un maestro respeta tus aprendizajes, tus procesos, tus tiempos. Él solo me saluda cada mañana y mirándome a los ojos me dice con la mejor sonrisa: “Hey, how are you today? And your ego, how is your ego this beautiful morning?”

Si eres valiente lo sabes, porque es como si Dios mismo te aplaudiera y te bendijera en gozo. Y si eres cobarde también lo sabes, porque esa tristeza y esa frustración te acompañan todo el tiempo. Esa es mi certeza algunos días, pero hay otros días en que ya no tengo más certezas y con humildad le digo a Dios: “Padre, renuncio a saber qué es la valentía, renuncio a saber qué es la lealtad, yo no necesito saber nada, pero permíteme ser valiente, permíteme ser leal a mí misma y a las enseñanzas de mi maestro, permíteme actuar desde el amor”.

 

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