Vete de ahí

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“De niña me decían que era tan fea que parecía un aborto de bruja”, me contó riéndose. Yo no me reí, solo abrí mucho los ojos. “¿Pero quién pudo?”. “Otros niños, claro”, dijo mientras soplaba con sus labios delgaditos el café que se estaba tomando.

Vivíamos en la Narvarte, una colonia de clase obrera, en un edificio con puertas viejas de múltiples candados y peluquería en el primer nivel. Nuestro apartamento era pequeño, pero estaba cerca del metro, el metrobús y todo lo que necesitábamos. Además tenía una ventanita milagro que la hacía querer salir de su mutismo y empezar a preparar guisos y lavar los platos cada vez que el vecino de enfrente, desde su propia ventanita, hacía lo mismo. Que estaba guapísimo, decía ella. Que nunca lo vi, pero agradecí su existencia, digo todavía yo.

La quimio, la radio, la extracción de su mama derecha. Todo eso acababa de pasar cuando la conocí. Nunca había vivido con nadie, me aclaró desde el principio, y si en ese momento decidía compartir su apartamento era porque necesitaba los cuatro mil pesos para la renta y tal vez un poco de compañía.

“No sabes lo poquita mujer que se siente uno al tenerse que poner y quitar cada día un seno. El cáncer no deja nada. Se lleva tu dinero, tu fuerza de trabajo, pedazos de tu cuerpo o tu cuerpo entero. La imaginación no se la lleva, se queda para acabarte de chingar, porque de qué te sirve crear en tu cabeza si no tienes fuerzas ni voluntad para ejecutarlo. Ahora no soy ni la mitad de lo que yo era. Yo era…”, decía, y entonces narraba esa que fue y sentía que ya no volvería a ser.

Vivir así no fue fácil. A ella le dolía todo y a mí también. A ella su pelo cortico, el no poder controlar esfínteres, el sentirse vulnerable, débil, “malhecha”. A mí mi vitalidad, mi energía, mis deseos de besar, abrazar, correr, bailar, amar y poder ser con toda la fuerza. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Yo quería llevarla a pasear por esa ciudad que para mí era nueva, invitarla a comer toda clase de delicias y porquerías, poner música y cantar juntas mientras yo lavaba el baño y ella aspiraba.

Pero no, no nos dio. Tuve que aprender a ser explosión fuera y amorosa implosión en casa. Respeté sus silencios y distancia. Respeté y acepté que muchas veces me tratara como si de verdad me odiara. “Vete de ahí, vete de ahí, ya lárgate”, me decían mis amigos. “Es que actúas como si le temieras, ya vete”, insistían. “No, no me voy”.

No la iba a dejar, no sola con la conserje Celia, no con la lucha mensual del gas, la basura, el calvario que era subir el galón de agua esos cuatro pisos y la zozobra de no saber si sería candidata para la reconstrucción de su seno.

Elegí quedarme y crecer en esa disciplina de combate espiritual que fueron esos 248 días con ella. Celebrar los domingos en que amanecía de ánimo y me invitaba a compartir tortillas calientes, huevos revueltos con atún, salsa picante y café de la selva. Contemplarla y admirarla en su totalidad. Tan cabrona algunos días, tan de mi alma otros. Era… Era… Era y eso era. Ni buena ni mala, solo bastante rota, solo bastante valiente como para sobrevivir entre tanta mierda.

Su casa nunca fue del todo mía. Y a lo mejor, como decían mis amigos, sí fui esa que pagó cuatro mil pesos mensuales para ser testigo de su existencia. Qué suerte. Míos fueron el camino al metro, la infusión de frutas que casi a diario tomaba sola en la sala de tés de la esquina, los días de mercado, los tacos y enchiladas que me servían en el tianguis, las revistas que compraba en el kiosco y el olor a pan dulce que en las noches llenaba mi cuarto. También esa calidad de estudiante extranjera que en su momento me obligó a dejarla. Y su dolor, que fue mío las veces que ella me permitió compartirlo.

 

Textos: Todaslasquehesido.com

 

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5 comentarios sobre “Vete de ahí

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