La voluntaria

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En casa nunca trabajé como voluntaria, el voluntariado nunca me llamó la atención. Es más, creo que ni siquiera estaba en mi radar. Pero cuando llegué aquí y empecé a viajar me impactó la realidad con la que me encontré en las calles. Las mujeres, los niños, los ancianos, los intocables, todos. Me conmovió.

Y claro, sé que a muchos nos conmueve. A ti, a Chris, a cualquier ser sensible, de hecho. Pero luego cada uno elige qué hacer con ese sentimiento, hasta dónde llevarlo, hasta dónde dejarlo ser. Supongo que para algunos será tan profundamente incómodo que preferirán hacerse un poco los locos. Sentir, sí, pero no demasiado. Habrá otros que, compasivos, algo harán durante un par de días, semanas o meses.

Y otros que como yo se convierten en expertos espeleólogos. Bajamos, bajamos y bajamos, siempre en busca de las cuevas más oscuras y profundas. Buscamos y encontramos, buscamos y encontramos, capas y capas de dolor, capas y capas de miseria, porque las hay, porque lo que tiene el mundo en belleza también lo tiene en horror. Ahí están, todas las realidades cohabitando, unas junto a otras. Y algunos se hacen sibaritas y yo me hice espeleóloga del dolor.

Lo mejor de todo es que mis amigos siempre se burlaban de esos hijos del primer mundo que viajaban al tercer mundo y se entregaban a las supuestas causas perdidas, se entregaban a ser los redentores. Pero yo nací en los Balcanes. Lo sabes, los primos pobres de la Europa rica. Ahorré para hacer este viaje, el viaje de mis sueños. Y luego me quedé en esto, formándome como profesional en cavernas y mundos subterráneos. Una chica lista. Ríete conmigo por favor.

Chris ha sido el hombre más leal y valiente que ha pasado por mi vida. No sabía que en Canadá los hacían así de bien. Te lo digo por si te sirve de referencia en algún momento.

Chris fue mi guardián durante estos cuatro años. Dejó de viajar por mí. Se quedó en esta ciudad por mí. Se levantó cada día a preparar el desayuno, empacaba fruta en mi bolso y en las noches me recibía con la cena. Aguantó que yo destinara casi todo mi dinero y parte del suyo al voluntariado. Se solidarizó con mis causas. Me ayudó a preparar alimentos para ellos, a crear campañas para recolectar fondos entre nuestros conocidos y familiares. Me acompañó cada vez que se lo pedí.

Aguantó que les dedicara más tiempo a ellos y menos a él. Aguantó todas las noches en que llegué a convertir nuestro cuarto en un museo de horrores. Yo ahogada en dolor y él escuchando mis historias del fin del mundo.

Recuerdo que un día, al verme enferma, me dijo “oye, primero tú”. No le respondí nada, pero quise insultarlo, agarrarlo del brazo, arrastrarlo a los lugares en los que había estado por esos días y gritarle “¡primero yo!, ¡primero yo!, ¡primero yo, egoísta!”.

Estaba viviendo una realidad demasiado brutal, era como si me escupieran mierda y sangre directo a la cara cada día. Cuando llegué aquí tenía veintisiete años y esto me tocó como mujer. Tocó mi sensibilidad humana, femenina, despertó un sentimiento maternal en mí. Sentí la necesidad de dar, de servir, de apoyar, de proteger, de abrigar y acoger a esos niñitos de cero o noventa años con los que me encontraba en las calles. Y lo hice.

Algunos amigos me advirtieron sobre lo que me estaba pasando, incluso varios voluntarios muy conscientes, porque en esto hay de todo. Ann, una voluntaria inglesa de cuarenta años, un día se paró enfrente de mí y con una mirada de desaprobación me dijo “no pretendas ser la madre de nadie cuando ni siquiera puedes hacerte cargo de ti misma, cuídate, sé tu propia madre, te tienes completamente abandonada”.

Me volví adicta al dolor, adicta al sufrimiento, adicta a la idea de ayudar a otros. No me sentía capaz de ser feliz mientras otros padecían. Ni siquiera podía comerme un apple pie tranquila, sentía remordimiento.

Si Chris no me hubiera dejado, todavía estaría ahí, pero después de que él se fue todo empeoró. Llegaron la infección en los pulmones, los problemas gástricos, la migraña, el no poderme parar de la cama y la certeza de haber hecho muchas cosas bien y otras muchas jodidamente mal.

Los médicos me recomendaron volver a casa, pero no puedo regresar así. Mis padres le entregaron al mundo hace cuatro años una hija hermosa y sonriente, no este montón de huesos llorones. Tengo un tiquete a Tailandia, estaré allí mientras me recupero un poco, luego volveré con mi familia. Mamá seguro va a sermonearme, va querer decirme qué debo hacer con mi vida y va a darme toneladas de comida. Comeré y escucharé. Y cuando me sienta sana volveré al voluntariado, pero en otro lugar del mundo y con otra yo.

 

Textos: Todaslasquehesido.com

 

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2 comentarios sobre “La voluntaria

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