No fui yo la que se salvó

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¿Por qué tan rápido?
¿Por qué con tanta violencia?
¿Por qué conduces de esa manera?
¿Por qué cada que me miras a través del retrovisor lanzas escupitajos rojos y espesos a la calle?
¿Por qué me odias?
¿Por qué parece que me quieres dañar si me conoces hace apenas cinco minutos?

Dejé todos mis pantalones ceñidos en casa. Te lo juro.
Desde que llegué no he hecho otra cosa que usar chales y chalinas que ocultan mi pecho y mis brazos.
Me porto bien, soy buena niña y podría ocultar también mi cabello. Solo pídelo.

¿Qué hago mal?
¿En qué fallo?
Tal vez soy demasiado blanca.
Tal vez es porque no hablo tu idioma.
Tal vez porque no soy de aquí.
Seguro porque soy mujer.
Seguro porque soy mujer.

Me quedo en silencio. Por un momento reconozco el temblor de mis manos.
Sé decir cuta, perro. Pero de qué serviría insultarte si hasta ahora solo me has acuchillado en tu cabeza. Leer Más

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Y mirabas el río

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No sé de dónde saqué tanta fuerza, pero la saqué y lo dejé todo. Mandé a la porra mi carrera como arquitecta, le escrituré la casa de La Soledad a mi mamá y regalé las cosas que tenía, que en esa época me parecían el gran patrimonio. Qué risa pensar en ese montón de chécheres que lloré.

Compré mi tiquete, armé la maleta y me vine. Mi destino estaba claro, quería estar lo más cerca posible del nacimiento del Ganges, estar en estas montañas que desde mi casa se veían como los Himalayas. Ya sé que de aquí a los Himalayas hay un buen trecho, pero es que desde allá no tenía esa perspectiva. Para mí todo era: montañas más norte de India, igual a Himalayas.

Yo llegué aquí seca. Llegué rendida de las dinámicas del mundo. Llegué completamente drenada por todo lo que habían sido esos años ahí afuera. Mejor dicho, llegué como llegamos casi todos los que aterrizamos en estos lugares: vuelta nada.

Mi suerte fue encontrarme con él. Encontrar al swami fue mi bendición. Yo pude haber sido presa fácil de tanto falso maestro y mercader espiritual que hay acá. Facilito, porque yo no conocía a nadie y no sabía nada. Pero di con un buen hombre, di con un buen maestro.

Durante siete años yo no tuve que mover un dedo. En el ashram lo recibí todo. Él me lo dio todo. Alojamiento, alimentos, guía espiritual. Aquí aprendí a meditar, aquí me convertí en profe de yoga. Todo. Todo. Sí, fueron por lo menos siete años, siete años viviendo la vida, siete años en los que ocuparme de ser era mi única ocupación. Solo ocuparme de ser, nada más. Leer Más

Be a man

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—¿Tu frase favorita?
—¿Qué?
Be a man, do the right thing. La repites y la repites.
—Nooo, ¿sí? Sé un hombre, haz lo correcto. No sé.

Te conté, ¿cierto? Antes de viajar pasé la temporada recolectando fruta en una granja en Colorado. Es un trabajo agotador. Estuve ahí solo por el dinero. Esa granja era algo particular, la mayoría de los recolectores eran mujeres. Man, y no sé qué pasó, pero en un momento me empecé a sentir muy presionado por algunas de ellas. Era como si pretendieran que me convirtiera en el semental del lugar. Y yo sexo no quería. No, es que ni siquiera podía. Solo quería encerrarme en mi carpa, comer una lata de frijoles, fumar y tocar el ukelele hasta quedarme dormido.

Be a man, do the right thing. Sí, parece en broma, pero tiene su peso.

Creo que esto no se lo he dicho nunca a nadie, pero las envidio. Ustedes las mujeres suelen apoyarse unas a otras. Tienen su propia hermandad. No sé, por ejemplo si la historia de la granja le hubiese sucedido a una de ellas, todas habrían salido en su defensa. Pero si eres hombre ninguno de los otros va salir a protegerte, menos de unas mujeres. Se vería ridículo.

De donde yo vengo la máxima demostración de apoyo y empatía entre hombres es que te inviten a beber cerveza, ver el beisbol, contar malos chistes, palabrear y eructar.

Be a man, do the right thing.
Be a good man, do the right thing.

Sí pesa. Pesa, claro que sí. Además, ni siquiera sé qué carajos quiere decir.
¿Qué es ser un hombre?, ¿qué es hacer lo correcto?

Vete de ahí

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“De niña me decían que era tan fea que parecía un aborto de bruja”, me contó riéndose. Yo no me reí, solo abrí mucho los ojos. “¿Pero quién pudo?”. “Otros niños, claro”, dijo mientras soplaba con sus labios delgaditos el café que se estaba tomando.

Vivíamos en la Narvarte, una colonia de clase obrera, en un edificio con puertas viejas de múltiples candados y peluquería en el primer nivel. Nuestro apartamento era pequeño, pero estaba cerca del metro, el metrobús y todo lo que necesitábamos. Además tenía una ventanita milagro que la hacía querer salir de su mutismo y empezar a preparar guisos y lavar los platos cada vez que el vecino de enfrente, desde su propia ventanita, hacía lo mismo. Que estaba guapísimo, decía ella. Que nunca lo vi, pero agradecí su existencia, digo todavía yo.

La quimio, la radio, la extracción de su mama derecha. Todo eso acababa de pasar cuando la conocí. Nunca había vivido con nadie, me aclaró desde el principio, y si en ese momento decidía compartir su apartamento era porque necesitaba los cuatro mil pesos para la renta y tal vez un poco de compañía.

“No sabes lo poquita mujer que se siente uno al tenerse que poner y quitar cada día un seno. El cáncer no deja nada. Se lleva tu dinero, tu fuerza de trabajo, pedazos de tu cuerpo o tu cuerpo entero. La imaginación no se la lleva, se queda para acabarte de chingar, porque de qué te sirve crear en tu cabeza si no tienes fuerzas ni voluntad para ejecutarlo. Ahora no soy ni la mitad de lo que yo era. Yo era…”, decía, y entonces narraba esa que fue y sentía que ya no volvería a ser. Leer Más

La voluntaria

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En casa nunca trabajé como voluntaria, el voluntariado nunca me llamó la atención. Es más, creo que ni siquiera estaba en mi radar. Pero cuando llegué aquí y empecé a viajar me impactó la realidad con la que me encontré en las calles. Las mujeres, los niños, los ancianos, los intocables, todos. Me conmovió.

Y claro, sé que a muchos nos conmueve. A ti, a Chris, a cualquier ser sensible, de hecho. Pero luego cada uno elige qué hacer con ese sentimiento, hasta dónde llevarlo, hasta dónde dejarlo ser. Supongo que para algunos será tan profundamente incómodo que preferirán hacerse un poco los locos. Sentir, sí, pero no demasiado. Habrá otros que, compasivos, algo harán durante un par de días, semanas o meses.

Y otros que como yo se convierten en expertos espeleólogos. Bajamos, bajamos y bajamos, siempre en busca de las cuevas más oscuras y profundas. Buscamos y encontramos, buscamos y encontramos, capas y capas de dolor, capas y capas de miseria, porque las hay, porque lo que tiene el mundo en belleza también lo tiene en horror. Ahí están, todas las realidades cohabitando, unas junto a otras. Y algunos se hacen sibaritas y yo me hice espeleóloga del dolor.

Lo mejor de todo es que mis amigos siempre se burlaban de esos hijos del primer mundo que viajaban al tercer mundo y se entregaban a las supuestas causas perdidas, se entregaban a ser los redentores. Pero yo nací en los Balcanes. Lo sabes, los primos pobres de la Europa rica. Ahorré para hacer este viaje, el viaje de mis sueños. Y luego me quedé en esto, formándome como profesional en cavernas y mundos subterráneos. Una chica lista. Ríete conmigo por favor. Leer Más

Soy todas las que he sido

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Todas las que he sido no es sobre mí, pero también a mí me contiene.
Todas las que he sido es un proyecto de geografías humanas. Así me gusta pensarlo. No de esa rama de la geografía que estudia la relación del hombre con los territorios que habita. Sí de esos picos, cañones, valles, grietas, montañas, desiertos, ríos y cavernas que nos pueblan, y con los que me he encontrado cada vez que con mi silencio he abrazado la vida del otro, el territorio humano del otro.

No siempre soy buena escuchando, seguro porque también yo, tantas veces, siento la necesidad de ser escuchada, de ser leída en mis cartografías internas. Pero han existido momentos en los que he logrado abandonar mi tendencia a interrumpir, mi apego a las muchas preguntas y nos he regalado silencio y escucha. Entonces alguien que apenas conocía ha empezado a dejar fluir sus corrientes, ha permitido que se desplieguen sus suelos y me ha confiado algo de lo que es, algo muy suyo. Y para mí ha sido sagrado.

Algunas de estas historias me han acompañado desde hace ya años, otras apenas llegaron a mí ayer o el día antes de ayer. No importa cuándo, tampoco mucho dónde. Las escuché, las respiré, las caminé y permití que me atravesaran en risa, dolor, sorpresa, admiración, compasión, conmoción, frustración, amor. Les permití que se grabaran en alguno de mis cuerpos, que pasaran a hacer parte de mis propias geografías.

Casi siempre llevo mi grabadora de periodista conmigo, pero en las historias que hacen parte de Todas las que he sido nunca ha estado presente. No grabadora, no libreta de notas, porque aunque fue la Yo periodista la que me introdujo en este aprender a escuchar, ella a veces puede hablar de más, opinar de más, juzgar de más. Puede caer en el vicio de dividir entre buenos y malos, de querer defender a unos y denunciar a otros. Puede pecar por quedarse en la superficie de lo que cree es el deber ser de su oficio, al cual ama con devoción. También puede no hacerlo, también puede estar por encima de eso. Quizás alguna vez lo ha estado o lo estará.

Todas las que he sido no es entonces un proyecto de mi Yo periodista, o por lo menos no solo de ella. Todas las que he sido viene de un lugar más vasto y para mí sagrado, de mi Yo humano, que se maravilla con todos y todo lo que somos, así, justo tal cual somos.

Que te alcance esa voz que alguna vez me narró su historia. Que puedas escucharla, ojalá, con toda su fuerza y toda su belleza, con toda su humanidad y verdad. Esa es mi intención. Y que si llegas a notar que mi propia voz aparece, entiendas que sí, que fue a través de mí que pasaron y se parieron cada una de estas palabras. Y que espero que también a ti te toquen, que en algún momento sientas que podrían hacer parte del territorio de tu vida, de todas y todos los que has sido.

Soy Carla Giraldo Duque.
He sido muchas.
Ahora mismo soy demasiadas.
He sido todas ellas, todos ellos, todas sus historias.
Bienvenido a este proyecto que narra algo de lo mucho que somos.
Bienvenido a Todas las que he sido.