AGUA

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Lanzarme a ella desde una saliente de la montaña.
Atravesar el río sin temerle a la corriente.
Dejarme llevar, luego sumergirme bien hondo.
Que la cascada caiga con todo su ímpetu.
Nadar sin pensar en seres que no veo.

“¡Soy barquito pequeño, soy barquito pequeño!”,
grito para que alguien me socorra.
“¡Navega, hija, navega!”, responde mamá desde la orilla,
animando a esa niña que soy a los cinco años.

Me entrego al río sin miedo, parece ancho,
pero me siento capaz.
Piernas, brazos, tronco.
Todo lo que soy está ahí, en movimiento.
Hay esfuerzo y verdad en cada brazada, en cada patada.

Veo casi nada,
en la superficie manchas de verde lejanas.
Bajo el agua, ojos cerrados, me estremece esa profundidad. Leer Más

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Maribel

lieke van der vorst

 

Algo andaba buscando. La factura del agua, la garantía de la licuadora, cualquier papel. Ya ni sé. Lo cierto es que cuando levanté la mirada y la encontré en el espejo me sorprendí. Cacheti colorada, la piel reseca y una sonrisa de niña o anciana.

La observé confundida.
No la había visto antes o no la recordaba.

“¿Quién sos?”, le pregunté. Y ella, sin escucharme, continuó cortando dos yucas en trozos grandes. “La mujer más bonita del mundo”, me respondí ante su silencio.

Acomodada junto al fogón de leña, siguió luego con unas papas y un manojo de cebolla larga. El agua, en la olla tiznada, hervía. Tres gallinas picoteaban el piso de tierra cerca de ella.

Un grito se escuchó a lo lejos. No supe reconocer lo que decía. Afanada, metió todo lo que había picado dentro de la olla, se juagó las manos y salió corriendo con un termo blanco.

“¡Maribel, traé la bogadera!”, se escuchó de nuevo, y entonces sí pude reconocer esa voz. “¡Ya voy!”, respondió ella con fuerza y sin dejar de correr por un terreno plano que se convirtió en bajada. La tierra se veía seca y sus pies pisaban firme. Llegó junto a él en pocos minutos. Leer Más

Señora

itsmyfavorites.tumblr.com

 

—Que mi mamá le manda a decir que no se preocupe que ella no me está explotando laboralmente.
—¡Obvio no! Yo lo sé —le respondo entre susto y risa —Yo nunca he dicho eso.
—Es que yo le ayudo porque a mí me gusta, pero ella no quiere que le siga ayudando porque cree que la gente va pensar cosas malas —me dice justificándose mientras balancea su cuerpo.
—¡Ah! —es lo único que alcanzo a exclamar justo antes de que ella vuelve a hablar.
—¿Usted vive sola? —pregunta ahora sonriendo.
—Sí.
—¿Y usted es casada?
—No.
—Ah, bueno, si quiere llama a mi mamá y le dice que me deje seguir viniendo, que usted sabe que ella no me obliga.
—Listo —le respondo.
Luego le entrego el dinero, le agradezco, me despido y cierro la puerta en un alboroto interno. Gozo y ternura me estremecen.

… ¿De dónde sacará tanta cosa? … Su uniforme de colegio, ese diálogo que me arrancó de mi trabajo … Todo niño debería tener un adulto a cargo, la asignación secreta de sacudirle la vida a esos que ya llevamos más tiempo aquí en la Tierra… Pienso mientras subo las escalas.

María Fernanda es una locura crespa y sonriente de once años. Apenas la conozco hace unos días, cuando su mamá se ofreció a vender almuerzos entre algunos vecinos. Agradecí la propuesta, pues por estas fechas no me queda mucho tiempo para cocinar, pero desde el primer día supe que seguiría pagando, no por la sopa de plátano con arroz y jugo de mora, sino por verla a ella.

Cada vez que llamo es María la que contesta, toma el pedido y luego de unos minutos llega hasta mi casa con el almuerzo. Que cuál es mi nombre, que cuántos años tengo, que si vivo con un gatico, que por qué nunca me ha visto en la iglesia ni en el parque. Pregunta sobre mi vida, me cuenta un poco sobre la de ella y siempre me dice señora. Leer Más

Sati

Andrea Lauuuren

 

Eres mujer de muchos dioses,
dijiste.
Y de un solo hombre,
repliqué.
Pero ya no escuchabas,
murmurabas salmos.

Orejas pequeñas,
pies deformes,
cuerpo emplumado.
Quetzalcóatl.

Danza eterna,
yogui perfecto,
tridente en mano.
Parvati soy ante ti.

Si supiera cómo,
arrancaría la duda.
Juro, encendería la luz.

Eres mujer de muchos dioses,
insistes.
Y de un solo hombre,
vuelvo a decir.

 
Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Andrea Lauren.

CORRER

Daniela Dahf Henriquez

 

Yo estaba lo más de contenta tomándome un tetero cuando él apareció en la puerta de la casa. No sé quién lo invitó ni quién le abrió. Solo sé que cuando lo vi pensé: “¡vida verraca, qué pena, este señor me pilló tomando tetero!”. Yo tenía diecisiete años y él se quedó mirándome, parecía pasmado.

Mis amigas decían que yo era la muchacha más linda de la cuadra, pero como nunca me dejaron salir a ninguna parte nadie se dio cuenta y no tuve pretendientes. Él fue el único. Era serio, bien presentado, educado y mi papá lo autorizó a visitarme.

Si me preguntan de qué me enamoré, yo diría que no fue de él, sino de la dulce idea de salir corriendo de mi casa. Mi papá siempre fue muy severo y mi mamá demasiado sumisa. Yo estaba cansada de lavarle los calzoncillos a mis hermanos y de cocinar para tanta gente, porque a las mujeres de la casa nos descargaban toda la responsabilidad doméstica. Fue de eso de lo que yo me enamoré, yo veía el matrimonio como un escape.

Nos casamos un miércoles por la tarde después de siete meses de novios. Ese día, luego de la misa, mi familia invitó a una comidita en la casa. Todos eran picos y abrazos. Yo estaba hermosa y me sentía realizada, sentía que por primera vez mis papás y mis hermanos me miraban con respeto. Creí que de verdad el matrimonio sí sería la solución a todos mis problemas.

Como a las nueve de la noche él se acercó y me dijo suavecito: “mija, ya va siendo hora de irnos”. Y a mí ese “mija” me sonó a gloria. Me despedí de todos dichosa y salí de la casa de mis papás colgada de su brazo, sintiéndome como una reina. Ya no tendría que compartir la cama con Gloria y Estela. Ya no tendría que lavarle la ropa a Jaime, Javier y Fernando. Ya no volvería a soportar los malos tratos de mi viejo. ¡Bendito Dios, me estaba salvando!. Leer Más

Un día

Captura

 

Era el año 67 o 68. Teníamos 13 años y no nos interesaban las mujeres para nada. Lo nuestro era leer. Pero los muchachos del salón, que ya habían sido iniciados en la vida sexual, no paraban de hablar de putas y nos mantenían azotados. “Hey, virgo, usted es virgo, ¿cierto? Este pelao todavía tiene cachucha, no ha botado el forro”. Que montadera tan brava. Nadie se imagina lo difícil que es para un hombre sobrevivir a la adolescencia. Eso son una cantidad de presiones provenientes de diferentes lugares.

Alfredo y yo nos decidimos, no porque quisiéramos, sino porque sentíamos que no teníamos otra opción. Así que un día, sin ninguna emoción y más bien muertos del susto y la vergüenza, fuimos donde las putas. Caminamos un rato por las calles de esa ciudad que todavía era pueblo y cuando llegamos a la puerta con bombillo rojo que nos habían indicado, tocamos. Nos abrió una mujer vieja y gorda que pegó un alarido apenas nos vio: “Sonia, mirá quiénes están aquí, los hijos de Jaime y Orlando, qué belleza”.

La señora nos hizo pasar y nosotros, casi que temblando del miedo, no pronunciamos palabra. Nos encomendó a cada uno con una prostituta distinta y les pidió que nos trataran bien. Esa primera experiencia sexual fue traumática. Ni siquiera recuerdo cómo era esa mujer. Yo estaba en shock y ella me movía, me estiraba, me daba vueltas, me escurría, yo parecía un trapo en una lavadora.

Alfredo y yo salimos de ahí en silencio, deprimidos y achantados, tuvieron que pasar cuatro años para que nos atreviéramos a hablar de lo que vivimos ese día. ¿Eso era el sexo? ¿De ese acto triste y vergonzoso se ufanaban los pelados del colegio? No, nosotros no, nunca más pasaríamos por allá. Leer Más

Lo que sobrevive

Andrew Bannecker

 

Los vecinos dicen:
“calma, ya pasó”.
Mamá dice: “agradece,
pudo llegar a más”.

Decido quedarme esa primera noche.
Respirar el olor de lo que dejó el fuego,
permitir que me duelan aquellas manchas oscuras.

Dos repisas de madera.
La obsidiana, la florita verde y los cuarzos.
Tres juegos de cartas.
Algunos instrumentos pequeños.
El altarcito.
Un retrato y una carta a papá.
Todo un universo ritual.

¿La vela que alumbraba mi anhelo
transmutó en esto?

Abro y cierro los ojos.
Es una culpa que huele y sabe a humo.

Me arrodillo,
entre la ceniza un azul brillante.
Balance, dice ese pequeño trozo de papel que aún palpita.

Después del fuego algo queda.
Lo que sobrevive.

Esa fuerza capaz de volver a crearlo todo.

 
Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Andrew Bannecker.

Fanny

lieke va

 

Se llama Fanny. Lo sé porque la segunda vez que nos encontramos en la calle me atreví a saludarla y preguntarle su nombre. No mimé ni jugueteé con el perrito que paseaba: un pomerania tranquilo. Quería saludarla a ella, mirarla a los ojos a ella.

La primera vez que la vi, hace un par de semanas, casi nos chocamos en una acera estrecha cerca de mi casa. Verla uniformada con un vestido corto color salmón y un delantal blanco en encaje me conmocionó tanto que, avergonzada, agaché la mirada. Eso no pasa aquí, especulé. Eso sí pasa aquí, rectifiqué.

Durante el par de cuadras que me faltaban para llegar a casa me fui pensando en ella. En ella y en Aidé, Edilse, Dolly, Luceli y todas las empleadas domesticas que a lo largo de los años conocí en la casa de mi abuela. Mujeres que muchas veces llegaban en su adolescencia desplazadas por la violencia de pueblos como Cocorná, San Rafael, San Luis y San Carlos. Mujeres que se quedaban ahí hasta que, en la misa de tres de la tarde de cualquier domingo, un buen o no tan buen hombre les sonriera e hiciera promesas de una mejor vida.

“Doña Fabiola, me voy a casar, dios le pague por todo”, le decían ellas en forma de despedida. Y mi abuela, por pura incoherencia emocional o tal vez por el legado aún vigente de esos antepasados suyos que tuvieron y tuvieron hijos para asegurarse mano de obra barata, les replicaba: “Mijita, pero cómo me va a dejar si yo a usted la quiero como a una hija”. Las quería y las trataba bien, sí, pero solo eso.

Mis tíos renegaban, se encargaban de investigar sobre los antecedentes de los pretendientes y trataban de persuadirlas. “Es putero, Aidé, hágame caso. Es toma trago, tiene fama de golpeador, no se vaya con él, abra los ojos. Mire que la va a poner a hacer lo mismo que aquí, pero sin pagarle. No se haga eso a usted misma”.

Todas se fueron y mamá y yo, en secreto, celebramos esas partidas, no porque en casa de la abuela tuvieran una mala vida ni porque creyéramos que esos amores de misa de domingo serían su salvación, sino porque sabíamos que ellas soñaban con algo mucho mejor y nosotras de verdad orábamos y orábamos, pues era lo único que sabíamos hacer en ese tiempo, para que así fuera, para que se les abrieran nuevos caminos.

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VER

Akira Kuzaka 2

 

Había quedado de encontrarme en la estación Hamburgo del Metrobús con Ricardo. Desde ahí caminaríamos hasta un café en el que nos esperaba otro amigo. Pero como no estaba segura de poder lograrlo, preferí pedirle la dirección del lugar. “Llego en taxi”, dije. “Cómo crees, te veo en el metrobús, está bien cerca de la casa en la que te hospedas”, insistió.

No quise recordarle que mis lentes, en sus orillas, alcanzan casi dos centímetros de densidad. Tampoco que en las noches, ese contraste entre oscuridad y luces de los muchos carros, me deja ciega. Que hay calles que son mías, me las sé de memoria. Pero que hay otras que no lo son, calles como las calles de esta ciudad, que tampoco es mi ciudad.

Ricardo es amigo fiel. Si le insinuaba algo relacionado con mi visión, exaltado se habría lanzado a encarnar a su yo sobreprotector. “No te muevas, ya estoy en camino”, lo imaginé diciendo. Por eso no le di más palabras a esa conversación.

He vivido en varias ciudades. También aquí viví. Hace siete años este era mi territorio, pero ahora no lo es. Ciudades de aceras destrozadas, de grietas visibles, de alumbrado público escaso o inexistente y de tráfico feroz.

Recuerdo las calles de Malvilla Nagar, las del Assi Ghat, las de la Narvarte, las de Chapinero. Memoricé detalles de cada uno de esos lugares. Una loza floja en medio del anden, una ventana muy salida, un cable tenso con el que podía tropezar, un desnivel, un escalón invisible para mis ojos. En temporada de lluvias todo se complicaba más.

Durante el día sé caminar despacio.
En las noches, si ando sola, a veces creo que solo puedo gatear.

No lo digo, pero hay momentos en que tiemblo al cruzar una calle. Miro para ambos lados, aguzo el oído y solo espero estar viendo todo lo que debo ver, estar escuchando todo lo que debo escuchar. Nada más. Leer Más

FUI

Escarabajo

 

Viajas, caminas, te mueves. Eres trashumante. Siempre sin un peso en el bolsillo, retando esa ley universal que dice que creas lo que crees, que la abundancia cósmica es infinita y que se te proveerá todo lo que necesitas si así lo piensas, si así lo nombras, si así lo sientes, si así lo decides, porque sin coherencia interna, nada, y en coherencia interna, todo.

Se te convierte en fetiche desafiar el paradigma del dinero. “No tengo un peso y hago lo que quiero”, grita en gozo una voz interna. Aprendes a dormir con los babas, a viajar con los sadhus, a peregrinar con los jains, aprendes a entrar en Bután sin permiso, como un vagabundo, con la certeza de que si te descubren te pueden castigar, pero confiando en que no suceda.

Hay cansancio. Cagar siempre en una esquina o un callejón cualquiera agota. Sumergirte en las aguas de un río contaminado y salir casi tan sucio como entraste, desgasta. Pero también hay dicha, hay regocijo, hay momentos místicos. La magia del todo y la nada se te revela, lo sagrado te visita de vez en cuando.

Y hay peligros, el más grande de todos es asumir el camino de la renuncia sin verdadera renuncia. El peligro de apegarse a la creencia de que como todo lo merezco, todo lo he de recibir. Es un juego dañino que te devuelve a la infancia, que te convierte en un niño que eternamente pide: “dame, dame, dame, dame universo, dame, dame, dame”.

El niño está en su ley, toda demanda infantil es genuina. El “dame” y “quiero” del niño son sagrados, pues detrás de cada una de esas exigencias solo hay una suplica por amor, atención, protección y seguridad. Pero la adultez es otra cosa, la adultez es el territorio del dar, del servir, del retorno de la bondad recibida. El dharma de estar para uno mismo y para los otros. Leer Más