Shila

Maggie Chiang

 

Me acerco a la cocina sonriente, imaginando el pan con mayonesa y jamón vegano que me quiero comer. He trabajado tanto que merezco dos porciones de jamón. Es más, merezco el sánduche completo. Pero sin cebolla y tomate, hoy no quiero nada de eso.

Tomo la bolsa del pan, alisto el cuchillo y noto que cientos de punticos negros se mueven frenéticamente. ¡Malditas hormigas!, grito. Y juro que la vecina del segundo piso y la del cuarto tuvieron que escucharme.

Olvido mi promesa de no atentar contra ningún ser vivo y con un paño húmedo empiezo a exterminar todos los punticos que se agitan sobre el mesón. Lavo el paño una y otra vez. Limpio y vuelvo a limpiar.

Las hormigas ya no están, cientos de ellas se fueron por el desagüe, pero imagino a muchas otras escondiéndose de mí, agazapadas en lugares que no alcanzo a ver. Y sigo limpiando. Apretando los dientes y limpiando. Sintiendo un cosquilleo fastidioso por toda la piel y limpiando.

Dejo todo en su lugar y regreso al pan, parece limpio. Seguro la bolsa lo protegió. Y si no lo protegió ya no me importa. Parto un pedazo, no tan grande como habría querido, le pongo mayonesa y una sola porción de jamón vegano. Después de semejante masacre no merezco nada doble, mucho menos un sánduche completo.

Muerdo una vez, muerdo dos veces y dejo el pan sobre la mesa. Está delicioso, de verdad lo disfruto. Entonces, una hormiga aparece y plácida empieza a caminar sobre la madera. Leer Más

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Mucha tierra

Christopher Silas

 

“¿Por qué no me escribes?”, preguntas. “Un audio por semana no es tanto”, insistes. Y a mí, que me espanta el drama, me agarra la risa cuando leo en mi pantalla: “Nunca antes tus silencios habían sido tan largos”.

“¡Pero si la expatriada soy yo, pequeña!”, respondo. “Aquí estás y allá estoy”, te digo. “No como antes, sino como ahora”.

Si me extrañas imagíname en el escritorio. Si me ves corriendo de prisa sobre un teclado y a veces muda sin saber qué escribir, soy yo. Cocinando una sopa de abuelita que me enseñé a mí misma. Limpiando la casa sin descanso, tengo problemas con eso, pero no me alcanza para el sicoanálisis. Imagíname. Acostada en la cama junto al hombre que amo y también dejando caer, sobre mi cabeza y mis hombros, toda el agua tibia del mundo. Confesionario mío, maquina cuántica, nave espacial perfecta: la ducha y la mar.

Hay cambio, claro.
Pero desapégate de lo que no es.
Estamos, te digo, créeme.
De una manera que aprenderás a entender.

Ya llegará el turno de los abrazos, de las historias en tiempo real, compartiendo la misma mesa, la misma banca o la misma almohada. Y verás lo rápido que te cansas de mí. “¿Cuándo regresas a tu desierto?”, me preguntarás. Y yo te lanzaré una mirada que te hará tartamudear. Leer Más

Tú cantor

Manjit Thapp

 

Al cantor

Libro de pinturas
es tu corazón.
Canta, tú, cantor,
tañes tu atabal,
¡oh cantor!
En el interior de la casa de la primavera
das deleite a la gente.

No acabarán mis flores

No acabarán mis flores,
no cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen.

Aun cuando las flores
se marchitan y amarillecen,
serán llevadas allá,
al interior de la casa
del ave de plumas de oro.

***Este par de poemas aparecen en La tinta negra y roja,
Antología de poesía náhuatl.
La concepción del poema en el mundo náhuatl no es la misma que en occidente. Estos textos hacen parte del trabajo de Miguel León-Portilla, quien se ha encontrado en códices y manuscritos con estos momentos poéticos que nos llegan de otro tiempo.

Ilustración: Manjit Thapp.

Por ahí

Abbey Lossing k

 

Pa’ qué le miento.
No siempre sé perdonar lo que fue.
No siempre sé amar lo que es.
No siempre sé ser paciente ante lo que será.
Lo que sí sé es que el camino tiene que ser por ahí,
así que voy a ir agarrando trocha.
Sin atajos, seguro sabré llegar.
Allá nos vemos.

Ilustración: Abbey Lossing.

Pequeño Buda

 

Chihuahua by D J Rogers

 

Pasarán los días y algo entenderé. Pasarán los días y esa parte de mí que aún no comprende empezará a hacerlo, a otorgarle un lugar y sentido a esto. ¿Qué es la muerte?, le pregunto a mi mamá. ¿Qué es la muerte?, le pregunto a mi hermana. No hay tono dramático ni intención trascendental en esa pregunta, de verdad, solo un intento por abarcar esta realidad. Las tres nos quedamos en silencio, porque sabemos que no tenemos idea, que no entendemos nada.

Que cosa tan rara, extrañísima. Ayer lloramos mucho y lloramos juntas. Llorar alivia, pero cuando pasa el llanto se siente algo que no sé explicarme a mí misma, a mi sistema. Estoy triste, a ratos todavía se me llenan los ojos de lagrimas, pero más que tristeza es desconcierto. Como que se mueve algo por dentro, pero no sé qué es.

Chiqui llegó a nuestras vidas un Día Internacional del Trabajo, el primero de mayo de 2008. Mi papá salió con mi hermanita a la plaza del pueblo a dar una vuelta y, él que nunca había querido regalarnos una mascota, vio a un señor exhibiendo a Chiqui y se enamoró de él. Papá dijo que lo llevó a casa por darle gusto a Lina, mentira, fue él quien cayó rendido ante ese Chihuahueño minúsculo y redondo.

Chiqui fue un perrito muy amado, yo le decía mi pequeño Buda, porque era gordo y sereno como él solo. Cuando llegaban visitas a la casa ladraba para hacerse sentir y luego salía moviendo sus nalguitas obesas y pidiendo cariño. Se vendía por una caricia, se dejaba cargar y mimar por todos. Hasta alguito de pena nos daba, porque incluso con los señores de los domicilios quería entablar una relación entrañable y duradera. “Muy lindo el perrito, como que no quiere que yo me vaya”, decían ellos riéndose.

Hace siete meses, un día antes de mi cumpleaños, Chiqui sufrió su primera crisis de epilepsia. Y ayer, luego de batallar con esa enfermedad, se fue. Estaba tan mal, casi ni podía respirar. Su corazón dejó de latir cinco segundos después de que un veterinario joven le suministró la medicina. Leer Más

AGUA

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Lanzarme a ella desde una saliente de la montaña.
Atravesar el río sin temerle a la corriente.
Dejarme llevar, luego sumergirme bien hondo.
Que la cascada caiga con todo su ímpetu.
Nadar sin pensar en seres que no veo.

“¡Soy barquito pequeño, soy barquito pequeño!”,
grito para que alguien me socorra.
“¡Navega, hija, navega!”, responde mamá desde la orilla,
animando a esa niña que soy a los cinco años.

Me entrego al río sin miedo, parece ancho,
pero me siento capaz.
Piernas, brazos, tronco.
Todo lo que soy está ahí, en movimiento.
Hay esfuerzo y verdad en cada brazada, en cada patada.

Veo casi nada,
en la superficie manchas de verde lejanas.
Bajo el agua, ojos cerrados, me estremece esa profundidad. Leer Más

Maribel

lieke van der vorst

 

Algo andaba buscando. La factura del agua, la garantía de la licuadora, cualquier papel. Ya ni sé. Lo cierto es que cuando levanté la mirada y la encontré en el espejo me sorprendí. Cacheti colorada, la piel reseca y una sonrisa de niña o anciana.

La observé confundida.
No la había visto antes o no la recordaba.

“¿Quién sos?”, le pregunté. Y ella, sin escucharme, continuó cortando dos yucas en trozos grandes. “La mujer más bonita del mundo”, me respondí ante su silencio.

Acomodada junto al fogón de leña, siguió luego con unas papas y un manojo de cebolla larga. El agua, en la olla tiznada, hervía. Tres gallinas picoteaban el piso de tierra cerca de ella.

Un grito se escuchó a lo lejos. No supe reconocer lo que decía. Afanada, metió todo lo que había picado dentro de la olla, se juagó las manos y salió corriendo con un termo blanco.

“¡Maribel, traé la bogadera!”, se escuchó de nuevo, y entonces sí pude reconocer esa voz. “¡Ya voy!”, respondió ella con fuerza y sin dejar de correr por un terreno plano que se convirtió en bajada. La tierra se veía seca y sus pies pisaban firme. Llegó junto a él en pocos minutos. Leer Más

Señora

itsmyfavorites.tumblr.com

 

—Que mi mamá le manda a decir que no se preocupe que ella no me está explotando laboralmente.
—¡Obvio no! Yo lo sé —le respondo entre susto y risa —Yo nunca he dicho eso.
—Es que yo le ayudo porque a mí me gusta, pero ella no quiere que le siga ayudando porque cree que la gente va pensar cosas malas —me dice justificándose mientras balancea su cuerpo.
—¡Ah! —es lo único que alcanzo a exclamar justo antes de que ella vuelve a hablar.
—¿Usted vive sola? —pregunta ahora sonriendo.
—Sí.
—¿Y usted es casada?
—No.
—Ah, bueno, si quiere llama a mi mamá y le dice que me deje seguir viniendo, que usted sabe que ella no me obliga.
—Listo —le respondo.
Luego le entrego el dinero, le agradezco, me despido y cierro la puerta en un alboroto interno. Gozo y ternura me estremecen.

… ¿De dónde sacará tanta cosa? … Su uniforme de colegio, ese diálogo que me arrancó de mi trabajo … Todo niño debería tener un adulto a cargo, la asignación secreta de sacudirle la vida a esos que ya llevamos más tiempo aquí en la Tierra… Pienso mientras subo las escalas.

María Fernanda es una locura crespa y sonriente de once años. Apenas la conozco hace unos días, cuando su mamá se ofreció a vender almuerzos entre algunos vecinos. Agradecí la propuesta, pues por estas fechas no me queda mucho tiempo para cocinar, pero desde el primer día supe que seguiría pagando, no por la sopa de plátano con arroz y jugo de mora, sino por verla a ella.

Cada vez que llamo es María la que contesta, toma el pedido y luego de unos minutos llega hasta mi casa con el almuerzo. Que cuál es mi nombre, que cuántos años tengo, que si vivo con un gatico, que por qué nunca me ha visto en la iglesia ni en el parque. Pregunta sobre mi vida, me cuenta un poco sobre la de ella y siempre me dice señora. Leer Más

Sati

Andrea Lauuuren

 

Eres mujer de muchos dioses,
dijiste.
Y de un solo hombre,
repliqué.
Pero ya no escuchabas,
murmurabas salmos.

Orejas pequeñas,
pies deformes,
cuerpo emplumado.
Quetzalcóatl.

Danza eterna,
yogui perfecto,
tridente en mano.
Parvati soy ante ti.

Si supiera cómo,
arrancaría la duda.
Juro, encendería la luz.

Eres mujer de muchos dioses,
insistes.
Y de un solo hombre,
vuelvo a decir.

 
Textos: Todaslasquehesido.com
Ilustración: Andrea Lauren.

CORRER

Daniela Dahf Henriquez

 

Yo estaba lo más de contenta tomándome un tetero cuando él apareció en la puerta de la casa. No sé quién lo invitó ni quién le abrió. Solo sé que cuando lo vi pensé: “¡vida verraca, qué pena, este señor me pilló tomando tetero!”. Yo tenía diecisiete años y él se quedó mirándome, parecía pasmado.

Mis amigas decían que yo era la muchacha más linda de la cuadra, pero como nunca me dejaron salir a ninguna parte nadie se dio cuenta y no tuve pretendientes. Él fue el único. Era serio, bien presentado, educado y mi papá lo autorizó a visitarme.

Si me preguntan de qué me enamoré, yo diría que no fue de él, sino de la dulce idea de salir corriendo de mi casa. Mi papá siempre fue muy severo y mi mamá demasiado sumisa. Yo estaba cansada de lavarle los calzoncillos a mis hermanos y de cocinar para tanta gente, porque a las mujeres de la casa nos descargaban toda la responsabilidad doméstica. Fue de eso de lo que yo me enamoré, yo veía el matrimonio como un escape.

Nos casamos un miércoles por la tarde después de siete meses de novios. Ese día, luego de la misa, mi familia invitó a una comidita en la casa. Todos eran picos y abrazos. Yo estaba hermosa y me sentía realizada, sentía que por primera vez mis papás y mis hermanos me miraban con respeto. Creí que de verdad el matrimonio sí sería la solución a todos mis problemas.

Como a las nueve de la noche él se acercó y me dijo suavecito: “mija, ya va siendo hora de irnos”. Y a mí ese “mija” me sonó a gloria. Me despedí de todos dichosa y salí de la casa de mis papás colgada de su brazo, sintiéndome como una reina. Ya no tendría que compartir la cama con Gloria y Estela. Ya no tendría que lavarle la ropa a Jaime, Javier y Fernando. Ya no volvería a soportar los malos tratos de mi viejo. ¡Bendito Dios, me estaba salvando!. Leer Más