Si no tengo amor no soy nada

Choi Miki

 

Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial, el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Leer Más

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Soñé

DURE Amelie Arbouin

 

Esta madrugada, justo antes de despertar, tuve un sueño: el Niño Dios, envuelto en un pañalito de tela blanca y suspendido en el aire, le entregaba algo a Papá Noel. El viejo cacheticolorado y peli blanco abría una bolsa y, al darse cuenta que era un regalo para él, no podía contener las lágrimas.
—¿Para mí? —le preguntaba al Niño Dios conmovido y gozoso. —Pero si a mí nunca me han dado un regalo —volvió a decir.

Entonces me desperté.

Texto: Todaslasquehesido.com
Ilustración: vía d-u-r-e.tumblr.com

Piedra

Christopher Silas 1

 

Era una piedra grande, hecha de pequeñas piedras grises, blancas y negras. Estaba en una esquina del patio de atrás de la primera casa en la que vivimos, al lado de un sembradito de maíz, cebolla y otras plantas verdes.

Mamá lavaba la ropa de todos nosotros en la poceta de cemento que en algunos días de sol se convertía en piscina para Felix y para mí. Y yo, sobre la piedra grande, empezaba a improvisar la comidita del día.

La tierra negra que, con convicción y generosidad, recogía y luego amasaba con mis manos, era la base de todas esas preparaciones. Me gustaba agregar algunos tréboles y amaba despetalar las buganvilias moradas que, desde el patio del vecino, se descolgaban hasta el nuestro. A veces también nos llegaban de allá mangos muy maduros que se caían solos del árbol y guayabas picoteadas por los pájaros.

Sobre la piedra grande iba dejando cada uno de los ingredientes que lograba conseguir en el patio, pero si me parecía que no eran suficientes, mamá iba a la cocina y regresaba con moritas, cascos de mandarina o un banano para completar la receta.

Despedazaba cada cosa y mezclaba sin parar. Y cuando consideraba que era tiempo, con una piedra pequeña y redonda que cabía en mi mano, maceraba todo sobre la piedra grande. Leer Más

Alabanza a mi hermana

manjitthapp

 

Mi hermana no escribe poemas
y es improbable que de pronto comience a escribir poemas.
Le viene de su madre, que no escribía poemas,
y de su padre, que tampoco escribía poemas.
Bajo el techo de mi hermana me siento a salvo:
nada impulsaría al marido de mi hermana a escribir poemas.
Y aunque suene como un poema de Adam Macedonski,
ninguno de mis parientes se ocupa de escribir poemas.
En el escritorio de mi hermana no hay poemas viejos
ni nuevos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a cenar,
sé que no tiene intenciones de leerme poemas.
Hace magníficas sopas sin esfuerzo,
y el café no se derrama sobre sus manuscritos.
En muchas familias nadie escribe poemas,
pero cuando lo hacen, rara vez es solo una persona.
Algunas veces la poesía fluye en cascadas de generaciones
que ocasionan temibles corrientes en las relaciones familiares.
Mi hermana cultiva una prosa hablada decente,
pero toda su producción literaria está en tarjetas postales veraniegas
que prometen la misma cosa cada año:
que cuando vuelva me contará todo,
todo,
todo.

Un poema de Wislawa Szymborska.
Gracias por la poesía.

Ilustración: Manjit Thapp.
Gracias por la belleza.

Shila

Maggie Chiang

 

Me acerco a la cocina sonriente, imaginando el pan con mayonesa y jamón vegano que me quiero comer. He trabajado tanto que merezco dos porciones de jamón. Es más, merezco el sánduche completo. Pero sin cebolla y tomate, hoy no quiero nada de eso.

Tomo la bolsa del pan, alisto el cuchillo y noto que cientos de punticos negros se mueven frenéticamente. ¡Malditas hormigas!, grito. Y juro que la vecina del segundo piso y la del cuarto tuvieron que escucharme.

Olvido mi promesa de no atentar contra ningún ser vivo y con un paño húmedo empiezo a exterminar todos los punticos que se agitan sobre el mesón. Lavo el paño una y otra vez. Limpio y vuelvo a limpiar.

Las hormigas ya no están, cientos de ellas se fueron por el desagüe, pero imagino a muchas otras escondiéndose de mí, agazapadas en lugares que no alcanzo a ver. Y sigo limpiando. Apretando los dientes y limpiando. Sintiendo un cosquilleo fastidioso por toda la piel y limpiando.

Dejo todo en su lugar y regreso al pan, parece limpio. Seguro la bolsa lo protegió. Y si no lo protegió ya no me importa. Parto un pedazo, no tan grande como habría querido, le pongo mayonesa y una sola porción de jamón vegano. Después de semejante masacre no merezco nada doble, mucho menos un sánduche completo.

Muerdo una vez, muerdo dos veces y dejo el pan sobre la mesa. Está delicioso, de verdad lo disfruto. Entonces, una hormiga aparece y plácida empieza a caminar sobre la madera. Leer Más

Mucha tierra

Christopher Silas

 

“¿Por qué no me escribes?”, preguntas. “Un audio por semana no es tanto”, insistes. Y a mí, que me espanta el drama, me agarra la risa cuando leo en mi pantalla: “Nunca antes tus silencios habían sido tan largos”.

“¡Pero si la expatriada soy yo, pequeña!”, respondo. “Aquí estás y allá estoy”, te digo. “No como antes, sino como ahora”.

Si me extrañas imagíname en el escritorio. Si me ves corriendo de prisa sobre un teclado y a veces muda sin saber qué escribir, soy yo. Cocinando una sopa de abuelita que me enseñé a mí misma. Limpiando la casa sin descanso, tengo problemas con eso, pero no me alcanza para el sicoanálisis. Imagíname. Acostada en la cama junto al hombre que amo y también dejando caer, sobre mi cabeza y mis hombros, toda el agua tibia del mundo. Confesionario mío, maquina cuántica, nave espacial perfecta: la ducha y la mar.

Hay cambio, claro.
Pero desapégate de lo que no es.
Estamos, te digo, créeme.
De una manera que aprenderás a entender.

Ya llegará el turno de los abrazos, de las historias en tiempo real, compartiendo la misma mesa, la misma banca o la misma almohada. Y verás lo rápido que te cansas de mí. “¿Cuándo regresas a tu desierto?”, me preguntarás. Y yo te lanzaré una mirada que te hará tartamudear. Leer Más

Tú cantor

Manjit Thapp

 

Al cantor

Libro de pinturas
es tu corazón.
Canta, tú, cantor,
tañes tu atabal,
¡oh cantor!
En el interior de la casa de la primavera
das deleite a la gente.

No acabarán mis flores

No acabarán mis flores,
no cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen.

Aun cuando las flores
se marchitan y amarillecen,
serán llevadas allá,
al interior de la casa
del ave de plumas de oro.

***Este par de poemas aparecen en La tinta negra y roja,
Antología de poesía náhuatl.
La concepción del poema en el mundo náhuatl no es la misma que en occidente. Estos textos hacen parte del trabajo de Miguel León-Portilla, quien se ha encontrado en códices y manuscritos con estos momentos poéticos que nos llegan de otro tiempo.

Ilustración: Manjit Thapp.

Por ahí

Abbey Lossing k

 

Pa’ qué le miento.
No siempre sé perdonar lo que fue.
No siempre sé amar lo que es.
No siempre sé ser paciente ante lo que será.
Lo que sí sé es que el camino tiene que ser por ahí,
así que voy a ir agarrando trocha.
Sin atajos, seguro sabré llegar.
Allá nos vemos.

Ilustración: Abbey Lossing.

Pequeño Buda

 

Chihuahua by D J Rogers

 

Pasarán los días y algo entenderé. Pasarán los días y esa parte de mí que aún no comprende empezará a hacerlo, a otorgarle un lugar y sentido a esto. ¿Qué es la muerte?, le pregunto a mi mamá. ¿Qué es la muerte?, le pregunto a mi hermana. No hay tono dramático ni intención trascendental en esa pregunta, de verdad, solo un intento por abarcar esta realidad. Las tres nos quedamos en silencio, porque sabemos que no tenemos idea, que no entendemos nada.

Que cosa tan rara, extrañísima. Ayer lloramos mucho y lloramos juntas. Llorar alivia, pero cuando pasa el llanto se siente algo que no sé explicarme a mí misma, a mi sistema. Estoy triste, a ratos todavía se me llenan los ojos de lagrimas, pero más que tristeza es desconcierto. Como que se mueve algo por dentro, pero no sé qué es.

Chiqui llegó a nuestras vidas un Día Internacional del Trabajo, el primero de mayo de 2008. Mi papá salió con mi hermanita a la plaza del pueblo a dar una vuelta y, él que nunca había querido regalarnos una mascota, vio a un señor exhibiendo a Chiqui y se enamoró de él. Papá dijo que lo llevó a casa por darle gusto a Lina, mentira, fue él quien cayó rendido ante ese Chihuahueño minúsculo y redondo.

Chiqui fue un perrito muy amado, yo le decía mi pequeño Buda, porque era gordo y sereno como él solo. Cuando llegaban visitas a la casa ladraba para hacerse sentir y luego salía moviendo sus nalguitas obesas y pidiendo cariño. Se vendía por una caricia, se dejaba cargar y mimar por todos. Hasta alguito de pena nos daba, porque incluso con los señores de los domicilios quería entablar una relación entrañable y duradera. “Muy lindo el perrito, como que no quiere que yo me vaya”, decían ellos riéndose.

Hace siete meses, un día antes de mi cumpleaños, Chiqui sufrió su primera crisis de epilepsia. Y ayer, luego de batallar con esa enfermedad, se fue. Estaba tan mal, casi ni podía respirar. Su corazón dejó de latir cinco segundos después de que un veterinario joven le suministró la medicina. Leer Más

AGUA

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Lanzarme a ella desde una saliente de la montaña.
Atravesar el río sin temerle a la corriente.
Dejarme llevar, luego sumergirme bien hondo.
Que la cascada caiga con todo su ímpetu.
Nadar sin pensar en seres que no veo.

“¡Soy barquito pequeño, soy barquito pequeño!”,
grito para que alguien me socorra.
“¡Navega, hija, navega!”, responde mamá desde la orilla,
animando a esa niña que soy a los cinco años.

Me entrego al río sin miedo, parece ancho,
pero me siento capaz.
Piernas, brazos, tronco.
Todo lo que soy está ahí, en movimiento.
Hay esfuerzo y verdad en cada brazada, en cada patada.

Veo casi nada,
en la superficie manchas de verde lejanas.
Bajo el agua, ojos cerrados, me estremece esa profundidad. Leer Más