Cómo aman los hombres

Lieke van der Vorst

 

El hombre primero, papá, amó.
Pero no lo suficiente.
Además maltrató.
Y el espacio destinado para ese amor
quedó como batería a media carga.
15%, se leía en el rostro de la niña.

La mujer primera, mamá, amó.
Tanto que tuvo que haber alcanzado
para llenar cualquier espacio en carencia.
El de él, el de ella, el de todos.
Pero no funciona así.

¿Cómo aman los hombres,
Lila?, le pregunto a una amiga.
Es que creo que no lo sé.

Tú sí sabes.
No, no lo sé.

¿Los hombres aman cocinándote
remolachas en mantequilla para la cena?
¿Aman trayéndote a la cama bolsas con agua caliente
para los cólicos menstruales? Leer Más

SADU

SgtSalt

 

Madame, su mano, madame. Su mano, por favor présteme su mano —me dijo una vez, hace mucho, en un invierno en Rishikesh un astrologo indio.
—Mi religión no me lo permite —le dije, como les decía a todos los que me quería quitar de encima. Pero a él no le importó o no me entendió y aprovechando que estábamos en una callecita estrecha me agarró la mano y empezó a hablar.
—Una mente con luz, una mente bella, una mente sana. Le han dado una mente justa, esa es su bendición. Tener una mente así es un regalo, madame, una mente que sabe distinguir lo verdadero de lo falso, una mente que no cae tan fácil en “maya”. Ecuanimidad, madame, que Dios la bendiga, no me debe nada.

Lo sé, el astrologo indio mintió, pero que gran mentira, que bendita mentira, que santo mentiroso, todo un guru ji él, pues desde ese día he puesto mi intención en encarnar cada una de esas palabras.

Mente con luz, mente bella, mente sana, mente justa, mente que sabe distinguir lo verdadero de lo falso, dijo él, y yo decidí creerle.

Miéntanme más seguido, por favor.
Díganme ahora corazón compasivo, palabra dulce, espíritu generoso.
Díganmelo con tono místico y asegúrenme que ha sido el mismo Dios quien me lo ha mandado a decir. Entonces seguro haré lo posible y lo imposible por encarnarlo, por convertirme en ello.

Benditas mentiras.

Ilustración: vía Pinterest.

Hace cuánto

Dadu Shin

 

¿Hace cuánto dejó de bailar?
¿Hace cuánto dejó de cantar?
¿Hace cuánto dejó de ser encantado por la magia de las historias?
¿Hace cuánto dejó de encontrar consuelo en el dulce territorio del silencio?
Preguntaban, según Gabrielle Roth, los hombres y mujeres medicina de las sociedades chamanicas a las personas aquejadas de desanimo y depresión.
Canta, baila, dejate acunar por una historia y retorna al silencio del hogar interno.
La mejor medicina: habitar un lugar íntimo y profundo llamado gozo.

Todaslasquehesido.com

Ilustración: Dadu Shin.

Yo sangro

Dan-ah Kim

 

Soñé que me bañaba bajo un chorro de agua caliente. Y que esa agua caliente era como un arrullo. Se sentía muy bien estar ahí. De repente mi pareja abrió la puerta del baño, y una vergüenza chiquita me atravesó la piel: sobre la tapa del sanitario había dejado unos calzones blancos manchados de sangre. Me seguí bañando, y él, sin decir palabra, abrió la llave del agua caliente del lavamanos y empezó a enjuagarlos. Lo hacía con delicadeza, como si no fueran de algodón sino de papel de arroz. Con sus dedos aplicaba jabón y estregaba la manchita de sangre, que al principio se regaba por todo y luego se diluía. Apenas estuvieron limpios los dejó sobre la tapa del sanitario y entró a la ducha para bañarse conmigo. Me abrazó como si me amara más de lo que yo sé.

Cuando me desperté empecé a recordar a la tía Lola, a la tía Sofía, a la abuela Mercedes, a la abuela Jesusa, a mi madre, a mis primas, a todas las mujeres de mi linaje. Sus ovarios poliquísticos, sus endometriosis, los cólicos menstruales que hemos padecido. Los hijos paridos con dolor, los hijos paridos sin dolor, los abortos o “embarazos malogrados”, como les he oído decir. La menorragia, los úteros extraídos, la preeclamcia, los niños que llegaron y las madres que se fueron.

El amor, el miedo, el dolor. Y otra vez el amor. Y otra vez el miedo. Y otra vez el dolor. Y algunas veces también el pudor, la timidez, el no saber. Y la sangre, la mucha sangre con la que mes tras mes, cada una de nosotras, ha vuelto fecunda esta tierra. Nos recordé a todas y a todas nos bendije, a todas nos desee bien, luz y evolución.

Recordé también que mamá me contó que aunque empezó a menstruar desde los trece años, no le contó a nadie, pues si bien en su casa eran seis mujeres, nunca se hablaba de “esos temas”. Que a los quince años empezó a recoger los pesos que le daban para comprarse su primer paquete de toallas higiénicas. Y que cuando fue a la tienda a comprarlas, al ver tanta gente, mejor se hizo la loca, pues en el pueblo todos se conocían. Leer Más

weheartit-com

 

El guevón ese me jodió durante toda la época del colegio. Me puso apodos, me insultó, me ridiculizó por ser el más pobre y el más flaco del salón. Me robaba la lonchera y salía corriendo con ella. “Bomba atómica, bomba atómica, a López le echaron frijoles con arroz”, gritaba por todas partes y me tiraba el desayuno a la basura.

Ese man era una porquería, conmigo y con todo el que fuera gordo, flaco, alto, bajito o tuviera gafas o algo de qué burlarse. Yo nunca fui capaz de responderle, nunca tuve la fuerza para parármele de frente y encararlo. Nada, yo no más temblaba, gagueaba y me ponía rojo como la chompa del uniforme.

Hace como tres meses hubo un reencuentro de los del colegio y el man ese llegó como si nada y me estiró la mano para saludarme. No nos veíamos hace más de siete años y yo, sin pensarlo, le lancé un puño y le reventé la cara. “Cinco años de chimbearme en el colegio a cambio de una reventada”, le dije delante de todos los que estaban ahí, “ahora sí dígame hermano, ahora sí extiéndame la mano que ya estamos a paz”.

¿Vos crees que yo alguna vez pensé en hacerle eso? Obvio nunca. Yo soy un tipo calmado, pero esa fue mi primera reacción cuando él me estiró la mano. Yo sé que muchos me miraron como si estuviera loco, pero no fue premeditado. Leer Más

Adonde haya un río

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Leí este poema.
Sentí que se quedó cerca.

***

Supe de cosas que iba a querer hacer sola.
Presenciar la noche y su luz apagada
huir de las estrellas
palpar la textura de los bichos muertos
tocar el agua cuando hierve
dorarme la piel al sol
como si fuera el cuero
de los animales del desierto,
entibiar la leche de un hijo
salir corriendo sin rumbo
adorar mi desnudez
subirme al auto y darle arranque,
llevarme adonde haya un río.
Detenerme en la oscuridad
no ver nada por un rato,
amamantar
llorar con volumen alto
hasta quedarme sin escucha.
Soltar la mano de mamá
salir sin heridas
sangrar sin cicatriz.
Supe que no habría nadie más
que este corazón mío que late
y mi silencio para oírlo quedarse
cerca,
como un maullido
como una luz que no encandila.

Un poema de Natalia Romero.
http://todaslascostas.blogspot.com.co/
Ilustración: Rose Wong.

Abrazarla

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Padre y madre alcohólicos. Violencia intrafamiliar. Dramas al desayuno, dramas al almuerzo y dramas a la comida. Maltrato al cien. No me digas pues que no tengo derecho a asegurar que, cuando Dios me pidió que escogiera a la familia con la que iba a vivir aquí en la tierra, yo estaba emburundangada. Mija, para haberlos escogido a ellos, yo tenía que estar era pero llevada del putas. Uno conscientemente no escoge a la familia que yo escogí. ¡Noooo!

Dicen que uno antes de nacer elige a sus padres y los aprendizajes que junto a ellos va a vivir. Y yo sí creo que eso es así. Lo que pasa es que a la niña que fui le dieron muy duro, a la adolescente que fui casi la matan y a la jovencita que fui le tocó sacar fuerzas para revelarse y largarse de ahí. Ser hija de ellos ha sido lo más difícil que yo he vivido. Por eso a veces me gusta decir que yo a mi familia la elegí en un estado de consciencia inconsciente.

Lo bueno es que uno crece, mona, y aprende. Aprende a mirar con humor y amor el dolor. Aprende a dejar de quejarse del papá y la mamá que tuvo, por más hijueputas y abusivos que hayan sido. Uno aprende a aceptar, algunos hasta a perdonar aprenden. Y si es muy buen aprendiz también aprende a construir con eso y sobre eso. Porque la mierda también es material de construcción. Material del bueno.

Mi papá y mi mamá solo me dieron un regalo en la vida: la vida. Uno solo y el más importante. Yo me demoré mucho en caer en cuenta de eso, pero el día que lo hice me prometí a mí misma dejar de quejarme y maldecirlos y empezar a bendecirlos. No es fácil, pero ahora cada vez que me llega algún recuerdo de ellos intento decir: “Que donde sea que estén, estén bien. Que donde sea que estén les llegue mi gratitud y mi amor”. Leer Más

Decirlo

vikkichu-blogspot-com

 

El día en que decidí decirle a mi muchacha que ella no era hija de su papá, me desperté en un charco de miados gigante. Y ella, que había venido a hacerme la visita y a dormir conmigo, quedó boqui abierta. “¿Amá, vos es que estás enferma y no me has dicho nada o qué?”, me preguntó. Y yo me agarré a chillar.

En pijama, en medio del charco de miados y llorando como una culicagada le conté que ella no era hija del desgraciado que creía su papá. Que ella era hija de otro infeliz, un vecino que un día me cogió sola en la finca y me violó.

Yo pensé que mi pobre muchacha se me iba a desmayar o se iba a pegar a llorar conmigo, pero nada. Me salió lo más de verraquita. Me abrazó duro, me dio un piquito en la frente y me dijo: “venga, amacita, parece de ahí”. Ella misma me quitó la pijama, me acompañó hasta el bañó y sacó a asolear el colchón. Y apenas me vio bañadita y lista se me acercó y me volvió a decir: “mami, ¿por qué será que a usted le ha tocado sufrir tanto? Ay, amá, gracias por haberme tenido a pesar de ese dolor y esa humillación tan grande”.

Ese día aproveché para contarle todo. Le dije que Joselo también me había violado, que estar con él había sido una eterna violación. Que me casé con él obligada y que lo único bueno que había tenido en esta vida eran ellos, mis seis hijos. Leer Más

¿Que qué pasó?

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Lo que a veces pasa. Lo que en el mejor de los casos pasa. Que lo sueltas todo porque te reconoces incapaz de seguir cargando con tanto. Que te descuelgas la mochila de las responsabilidades, del deber ser, de las cuentas por pagar, de los miles de compromisos a los que hay que atender y te largas lejos por un rato. Le dijiste: “para” a la juiciosa, a la obediente, a la que todo lo puede y todo lo tiene que hacer y resolver. Te dijiste a vos misma: “ya, ya, ya”. Y eso pasó. Eso fue lo que pasó.

Y después de la pausa, del pare, de soltar la mochila pesada y volverte a conectar con el lado dulce y libre de la vida regresas con las puntitas de los dedos deseosas de poder teclear algo. De teclear por ejemplo: “me extrañé tanto durante todos esos meses de trabajar como loca, de responderle al mundo como loca, pero ya estoy de vuelta. La que canta, la que baila, la que sabe sonreír, la que pare y alumbra la vida en cada respiro. La que escribe desde un lugar intimo y cálido. La que confía en que cada uno de estos pasos han sido, son y serán sagrados. Ha regresado esa, ha encarnado, ha vuelto a mí. Soy la que soy. Soy yo y me celebro”.

Y dirás, aunque es ficción, que escribiste esto mientras caminabas entre el frío de Madero y escuchabas a un organillero tocar algo triste. Dirás eso porque de verdad te habría gustado sentarte ahí, sobre la calle, recostarte en una pared sucia del centro histórico y escribir. Pero no, eres tímida y solo escribes cuando nadie te ve.

Te habría gustado ser invisible para los vendedores ambulantes y para quienes les compraban, y garabatear en algún papel que no hay una “emoción” que te reconforte más que esa de sentirte expatriada. Que ser extranjera te salva. Que al útero de tu madre ya no podés volver, pero que a las calles de esos no lugares del mundo que te han acogido, abrazado, acunado y nutrido siempre podrás regresar para, lejos de tus referentes, rehacerte y renacerte. Leer Más

Casi siempre sí

 

hilda-palafox

 

Es lindo, me he encariñado con él. Le he dedicado los últimos seis meses de mi vida. Y sí, tengo puro potencial amoroso. Soy puro potencial amoroso. Puedo amarlo a él como he amado a tantos hombres y mujeres, a tantos paisajes y ciudades. Entonces ahora sé que la pregunta que debo hacerme a mí misma no es si lo amo o si podría llegar a amarlo, porque en mi caso la respuesta es casi siempre sí. Es más, corro el riesgo de que si comparto por un periodo razonable de tiempo con algún “nefastico”, empezaré a sicoanalizarlo, a tratar de entender de dónde viene su malísima leche y a verlo con compasión. Así soy. Por eso de ahora en adelante no me preguntaré si lo amo o si puedo llegar a amarlo tal como es, porque no se trata de él, sino de mí. Entonces me preguntaré, ¿de verdad me conviene amarlo? ¿Amarlo a él es amoroso conmigo misma? Por suerte la respuesta siempre puede ser: sí. Sí voy a amarlo, pero desde bien bien lejos.

—Me dijo ella—

Ilustración: Hilda Palafox.
Textos: Todaslasquehesido.com